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Crónica de un desencanto

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Las ONG tenían una buena sintonía con el Gobierno y reconocían que habían mejorado las ayudas respecto a legislaturas anteriores. Hasta ahora

MADRID- Fue la mañana del miércoles cuando Eduardo Sánchez supo que esta vez tocaba perder. Le llamó una agencia de información para pedirle una reacción, que las malas noticias siempre exigen una reacción inmediata y Eduardo Sánchez, presidente de la Coordinadora de ONG para el desarrollo, descubrió que se habían evaporado 600 millones para la ayuda: «No se ha cumplido el compromiso», dice. Hasta ahora, entre Gobierno y ONG se escuchaban, había sensibilidad . Pero de repente, como en todas las historias, llegó la decepción: «Durante todos estos años ha habido un compromiso con la ayuda y se había duplicado del 0,23 al 0,45. Con la llegada al gobierno de Zapatero hubo un cambio de línea y no se mantuvo el mismo perfil que el último Gobierno de Aznar. España es el séptimo país del mundo en ayuda. Era una prioridad, lo que no pasaba antes. Lo que ha sucedido ha sido inesperado» .


Como en los tiempos difíciles lo urgente ha sido más importante que lo importante, las ONG han chocado con la realidad, o sea con el desencanto. Ellos, que están más allá de los discursos ideológicos o de siglas políticas, no se lo explican: «Lo que no entiendo es que se hagan recortes en ayuda al desarrollo y no se suban impuestos a los que más ganan», cuenta Irene Milleiro de Intermón, sin saber que hasta hace muy poquito subir impuestos era claramente de izquierdas. «Pero es que hay una izquierda real y una izquierda oficial. Ésta sigue los dictámenes del partido; la otra, en cambio, ve esto que ha pasado, los últimos recortes, como una traición en el fondo y en la forma. Nos llevan fallando tanto tiempo...», dice el socialista Joaquín Montero, que dejó el PSOE en febrero por la campaña del aborto. Se desencantó hace tiempo.
Un poco más han tardado el tercer sector, las ONG. Sienten que eran los más débiles y que han pagado lo que tenía que haber sido cobrado a otros. Se resignan, no quieren enfadarse, al fin y al cabo llevan en la solapa una chapa contra la pobreza. Pero les duele, claro: «Tener principios cuando las cosas están bien es fácil –cuenta Irene–, lo difícil es mantenerlos cuando van mal».

 

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