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Estar en nuestras cosas

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Mi dentista ya pasó la fase de crianza de lactantes e infantes. Hace unos años que tiene a su cargo la formación de dos jóvenes, la una estudiante universitaria y la otra a punto de graduarse bachiller. Por lo demás, que yo sepa, disfruta preparando hallacas que tiene por costumbre regalar a familiares, amigos y hasta a ciertos pacientes, especialmente a los muy preguntones como el que suscribe, que en premio a su curiosidad recibió hace unos meses el simbólico manjar de la república antes hermana y ahora bolivariana.

Mi odontóloga, hasta donde uno sabe, tiene cierta relación con la discapacidad y el deporte para discapacitados. Como el deporte y la información forman parte de mi vida profesional resulta frecuente que entre endodoncias, ortodoncias, limpiezas bucales y enjuagues varios -y cuando el habla lo permite o el lenguaje de signos lo compensa- acabemos hablando sobre las hazañas y las penurias de clubes como el Hermano Pedro, tan pródigo en éxitos como poco reconocido entre las instituciones y la sociedad local.

Mi «sacamuelas» es venezolana de nacimiento y canaria de adopción. Su origen y el mío han devenido en auténticas lecciones de geografía, política y costumbres -fuera de factura- que me han servido, en respuesta a mi a veces insaciable sed de conocimientos, para conocer un poquito más del país que dejó hace casi veinte años.

Mi ángel de la guarda bucal, supongo, debe de tener otras aficiones que se escapan a nuestro ámbito común. Nuestra relación no llega a la familiaridad, ni a la amistad íntima. Camina por ese terreno para el que nunca encuentro una definición que cuadre entre la de «amigo» en sentido estricto y la más lejana de «conocido». Cuida de las cuitas estomatológicas de mi mujer y de mis hijas, está al cabo de los titulares principales de sus vidas -porque el roce y su humanidad han dado calor a la fría sala donde se mueve con pericia y un tacto impagable- y, en reciprocidad, sabemos en casa de parte de la primera plana de su existencia.

Ella, como tanta gente, está a lo que está. Posee una formación superior y muy especializada, diría que superior a la media porque, curiosamente, Venezuela ha sido incapaz de manejar su riqueza natural, pero a cambio ha formado con notable capacitación a miles de técnicos y profesionales de la Salud. Que recuerde, nunca hemos hablado de política casera más allá de los clichés que tanto valen para un ascensor como para una barra de bar. Puede que la tenga por una persona desinformada -si por tal se entiende que no maneja los mismos registros a los que el periodismo me «obliga»-, pero nunca inculta o iletrada. Está en sus cosas.

En sus cosas, que son otras cosas, andaba también la ministra de Defensa cuando en sede parlamentaria disculpó hace unos días a su hermana como desconocedora de la operación Atalanta . En respuesta a una diputada del Partido Popular, vino a decir la señora Chacón que entendía la ignorancia de su fraternal congénere porque ella, «que es dentista, está en sus cosas y criando a tres hijos».

Estoy de acuerdo con las señoras Chacón. Con la ministra y con la dentista. Si yo no fuera periodista, me pasaría lo mismo. También trato de criar a tres hijos y es probable que lo pudiera hacer mejor de carecer de este irrefrenable deseo de saber mucho de muchas cosas: como la señora Chacón (ministra), que sí está en lo que hay que estar, no como la señora Chacón (dentista). La segunda y sus cosas explican por qué las sesiones de Cortes no compiten en audiencia. Y la primera, elegida entre una izquierda que abomina del embrutecimiento (quién no), cae en ese tópico del «gobierno del pueblo, pero sin el pueblo» tan rechazado mientras el subconsciente no te traicione.

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