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"Que te disparen a veces es parte de tu trabajo"

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Ojea la carta buscando platos que le recuerden a África. "¡Fufu!", exclama satisfecho Marshall Burke al encontrar una salsa típica (una especie de pisto). "La pena es que no haya cerveza local", se lamenta. Pero una vez solucionada la comida, el vicepresidente de la Alianza Mundial contra la Tuberculosis va encadenando recuerdos de una manera que no le impide disfrutar de la ensalada.

Para empezar, es de los pocos personajes que puede evitar decir su edad sin recurrir a subterfugios. "Mi papá me sacó de un orfanato de Viena en 1951. Era después de la guerra, y nadie sabe cuándo nací. Podía tener entre tres o seis años". En aquella institución tuvo su primer contacto con la tuberculosis. "Alguna mañana aparecía un compañero muerto, después de haber tosido y echado sangre. Era el caldo de cultivo ideal para la infección", dice mezclando español e inglés. Aquel dentista lo adoptó y se lo llevó a Arizona. "Me convertí en el perfecto hijo segundo: el más travieso de los tres", dice de su familia biológica.

Su vocación humanitaria, sin embargo, le llegó de rebote. "Había montado un club de jazz en Tucson, y uno de mis empleados contrajo el VIH". Eran los ochenta, y Marshall estudiaba Ciencias Medioambientales. "Empecé a cuidarle, y luego vinieron más. Acabé montando una residencia para terminales". El desgaste emocional fue tan grande que, cuando llegó a su funeral número 300, su pareja le convenció para que lo dejara. Y ahí dio el salto a África, a Níger. "Era volver a lo mío, a la ecología. El país estaba pasando una sequía, que devino en hambruna. Ahí aprendí lo más importante: no existen los problemas aislados. Pasé de una catástrofe natural a otra causada por el hombre. De la sequía al hambre, de ahí a la enfermedad, de ahí a la emigración, y de nuevo a la explotación del entorno".

También aprendió a amar a África, un continente que, trabajando para CARE, una de las mayores ONG estadounidenses, ha recorrido durante casi 30 años. "Ruanda es mi país favorito. Y Somalia es precioso", dice, precisamente, de dos de los sitios donde más se expuso. Del primero tuvo que ser evacuado durante el genocidio tutsi por dar refugio en la sede de la organización a perseguidos. Recibió un disparo. Otro tiro le llegó en Somalia (hubo un tercero en Croacia). "No soy un valiente, pero que te disparen a veces es parte de tu trabajo", dice quitándole importancia. Por eso prefiere contar lo que vino después: "Después del tiro que me dieron en Somalia, el médico que me atendía me preguntó la primera noche cómo quería la langosta, si hervida o termidor. Le tuve que decir que no podíamos estar rodeados de pobreza y comer así".

Con los recuerdos, el pollo se acaba, y Burke cae en la cuenta de que no ha hecho "propaganda" de su nuevo trabajo, el que empezó hace seis meses después de cuidar a su padre y su madre hasta que murieron. Así que, ante el café aromatizado con cardamomo, resume: "La tuberculosis no es sólo de pobres. Hay que investigar. Y para eso hace falta dinero. Para eso estoy en España. Aunque lo peor es Estados Unidos. Prometió 40 millones de dólares [30 millones de euros], y nos ha dado tres. Luchar contra la tuberculosis es otra forma de combatir la pobreza. ¿Ves? Todo se relaciona".

 

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