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Náufragos en puerto

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Todo se mueve. Los crujidos constantes parecen ladridos que avisan del peligro. A los pocos minutos, las manos se agarrotan por el esfuerzo de aferrarse a cables oxidados. El visitante debe relajarse. Siete metros más abajo le espera un baño de brea, gasóleo y agua marina si no lo consigue. Un salto más y consigue aterrizar en la última cubierta. Ha llegado al Géminis. Está en otro mundo, remoto pero increíblemente próximo. El día se presenta tozudamente nublado. La historia que sigue parece irreal, pero, aunque escondida, ha formado parte del paisaje habitual del puerto de La Luz, en Las Palmas de Gran Canaria, los últimos cuatro años.

Anclado en tercera línea en el muelle más remoto, el Géminis es un decrépito barco pesquero convertido por los años en poco más que un amasijo flotante de hierros oxidados. Es el hogar de Máximo, un ucranio de 26 años que lleva los últimos siete malviviendo, varado en tierra de nadie.

Se dirige a la destartalada cocina del barco y busca un par de tazas viejas en unos cajones. Con los movimientos reflejos de quien ha repetido el gesto en innumerables ocasiones, coloca una abollada cazuela en un hornillo para preparar el enésimo té del día. Máximo se ha acostumbrado a las mínimas condiciones de disfrute que le impone su peculiar vivienda y se mueve con soltura en el laberinto de escaleras, pasillos y huecos de camarotes mal iluminados. Siete años no pasan en balde, y Máximo se ha convertido ya en parte del paisaje. Cuando recuerda a su familia, su mirada se pierde ante el sentimiento de vergüenza que le produce la idea de que se enteren de su situación. Su orgullo y dignidad son su fuerza, pero también una dificultad añadida a la posibilidad de una nueva vida: “Cuando llamo a mi familia, tengo que decir que vivo bien. Si supieran que vivo en medio de la chatarra, en barcos abandonados, con cucarachas, ratas y sin luz… seguramente lo venderían todo para venir a buscarme”.

Máximo no está solo. Nadie puede estarlo en el muelle Reina Sofía, el más alejado del puerto principal y donde sólo se alojan barcos desahuciados. No es frecuente que la policía lo visite y, además, lo inaccesible de algunos barcos contribuye a crear la sensación de estar en un mundo aparte, donde las reglas las ponen sus habitantes. En este apéndice olvidado del puerto de La Luz, alrededor de 60 almas comparten la misma situación que Máximo. En el Géminis viven ocho. Pasan juntos gran parte del día, así que han ido reinventando su convivencia con el ingenio de quienes se saben solos en el mundo. En los muchos ratos muertos, Max y sus compañeros organizan campeonatos de ajedrez que viven con gran intensidad. Sorprende la capacidad de concentración de estos hombres en una atmósfera cargada, donde el chirriar del metal, el agobiante calor y la eterna oscilación del barco pueden resultar desesperantes.

Parecen haberse organizado, en lo que a ocio se refiere, de forma semejante a los presos de una cárcel. Formalmente son ciudadanos libres, pero cuando hablan de sus situaciones personales, sus miradas recuerdan a la de un convicto.

Lo que parece ser a simple vista un montón de chatarra tirada por la oxidada cubierta del barco, se transforma en instantes en un gimnasio donde las pesas son eslabones de cadena de ancla, y una vieja escalera de emergencia se convierte en improvisada espaldera.

“No somos inmigrantes. Yo tenía un buen trabajo. Llevo en el mar desde los 18 años”, dice Máximo mientras enciende un cigarrillo con la colilla de otro. “Cuando recalamos aquí, nos abandonó el capitán. Creíamos que la única forma de hacer presión era quedándonos en el barco, esperando que algún día llegara alguien a indemnizarnos, a pagarnos los sueldos atrasados para volver a casa”.

Testimonios como éste se repiten una y otra vez en los puertos de medio mundo. Hablan de la situación de miles de hombres y mujeres que trabajaban en la flota pesquera de la antigua URSS. Con el desplome del aparato estatal que supuso la caída del régimen comunista, este enorme sector industrial entró en un largo proceso de privatización con una carencia absoluta de rigor financiero que a menudo terminó en cierres sin atender ninguna demanda.

Y miles de personas fueron quedando abandonadas en puertos de Argentina, Uruguay, Perú y otros muchos destinos. La mayor concentración de hombres y barcos anclados en la ruina tuvo lugar en Las Palmas de Gran Canaria, donde llegaron a reunirse más de 20 naves y cientos de marineros.

Poco antes del desastre financiero, muchos patrones y oficiales aprovecharon las escalas técnicas para, literalmente, abandonar el barco dejando enormes deudas en concepto de reparaciones y tasas de atraque. Y ahí se quedaron, casi como náufragos, los miembros de las tripulaciones; sin trabajo y sin que nadie pudiera responder de sus sueldos atrasados. Empresas, directivos, capitanes y el nuevo Gobierno ucranio se desentendieron o ignoraron el problema, creando una situación sin precedentes. Con el tiempo, la sola esperanza de los marineros fue aferrarse al único valor conocido: el de la masa de hierro oxidado. Los barcos agonizantes son su exclusiva garantía de cobrar algo de lo que les deben; si no permanecen en ellos, pierden el derecho a reclamar su paga.

Algunos optaron por volver a casa sin dinero, pero para muchos volver a la Ucrania, Rusia o Georgia de los 30 grados bajo cero sin medios de subsistencia ya no era una salida. “No me podía volver a casa sin dinero. Pensé que quedándome aquí podía encontrar la salvación cambiando mi vida”, explica Máximo. En su día, la Delegación del Gobierno les ofreció pagar los gastos del viaje de repatriación. Los que decidieron quedarse en los barcos han contado con la entrega desinteresada, aunque escasa, de recursos de Stella Maris, una ONG que hace lo imposible por paliar las carencias de estos hombres. Sabiendo que tanto volver como quedarse son opciones de miseria, muchos mantienen la esperanza de forjar una nueva vida en las islas Canarias.

Otros, como Máximo, unen sus esfuerzos en un proyecto imposible a los ojos de cualquier observador externo. Su sueño siempre ha sido reparar el Zaidan, un antiguo barco pesquero que todavía conserva su motor, aunque ha sufrido los mordiscos de la corrosión y el pillaje durante más de nueve años.

El objetivo es simple: poner en marcha un barco desahuciado, navegar ida y vuelta hasta los caladeros de África y conseguir llenar sus bodegas de sardinas en cantidad suficiente para reflotar sus vidas.

Con el tiempo, Max ha logrado establecerse con cierto éxito en el puerto. En el muelle trabaja de traductor y gestor para su nuevo jefe, un armador libanés. Joven, atractivo y con un castellano fluido que agradece a su ex novia canaria, es el prototipo del buscavidas.

En otro camarote, David parece observar imágenes en el aire cuando habla. Su voz enorme evoca sabiduría con matices de ilusión y desencanto. David es un soñador que no está en su mundo. Él no es marinero.

Su anterior vida de aventurero y emprendedor se fundió irremediablemente con el puerto de La Luz. David llegó a Las Palmas como hombre de negocios decidido a comprar y reflotar un barco en buen estado antes de que el tiempo y la sal dieran cuenta de él. Una supuesta estafa, un error de cálculo o una combinación de ambos le dejaron en la ruina. “Siempre soñé con ser como Robinson Crusoe, y fíjese: aquí estoy abandonado en una isla, igual que él. Hay que tener cuidado con lo que se sueña”. Como última reminiscencia de un pasado glorioso, David conserva un Mercedes ahora destartalado pero que, al igual que su dueño, mantiene intacta su dignidad.

esta y otras historias han sido recogidas en el documental Anclados, rodado en los últimos cuatro años en Canarias y que se estrena en cines el próximo 26 de marzo.

Cerca del Zaidan se encuentra el Shkval, un barco factoría de 50 metros de eslora, donde vive Valieri. Tiene 52 años, pero parece mucho mayor. Aquejado en un hombro de un principio de artrosis aguda, juega torpemente con su pastor alemán, que encontró abandonado en el puerto: “Del hombre no te puedes fiar. Pero del perro sí. Me protege, me hace compañía y gracias a él y a los gatos puedo dormir sin ladrones ni ratas”.

Valieri lleva seis años a bordo del Shkval, cobra 200 euros al mes a cambio de vigilar el barco. El dinero le llega en efectivo de la mano de un representante del propietario, al que dice no haber visto nunca.

La vigilancia es imprescindible en el muelle Reina Sofía. Su trabajo principal consiste en paliar el continuo saqueo de las naves. Cuando la necesidad aprieta, los marineros sin trabajo suben a escondidas para robar cables de cobre, instrumentos de navegación averiados y hasta los timones, que intentan vender en los bares de la zona.

Valieri tiene mujer y dos hijas viviendo en Crimea. No las ha visto en los últimos siete años. Se pregunta si también ellas habrán cambiado tanto como su país. Valieri culpa a los políticos: “Que se sepa de una vez por todas. Las ancianas en mi país piden limosnas, los niños de cinco y seis años se drogan oliendo pegamento y viven en los sótanos como vagabundos, rebuscando entre las basuras. Da miedo regresar”.

Valieri consume las horas sentado en un butacón sin patas en la cubierta del barco. Viejas banderas de señales náuticas sirven de techo. Junto a imágenes acartonadas de veleros surcando los mares de Polinesia, en las desconchadas paredes cuelgan dibujos satíricos de los dirigentes políticos de Ucrania.

Y así se le va pasando la vida. Alterna su empleo en el barco con lo que le vaya surgiendo en el puerto: pintor de brocha gorda, mecánico, electricista… Nunca faltan apaños, ya que en el puerto se sabe que “los rusos hacen de todo y mucho más barato”. Valieri alberga la esperanza de que el barco se venda pronto para desguace. Entonces cobrará algo del dinero que le deben y podrá, a pesar de todo, volver a su país. “Antes de la revolución naranja nunca nos sentimos ucranios o georgianos o rusos. Somos todos eslavos”, dice Valieri mirando con desdén las caricaturas de los políticos. “Son ellos los que han infundido este nacionalismo y estas diferencias. ¡Ellos vendieron toda nuestra flota! Y a nosotros, los marineros, nos abandonaron”.

Una vez a la semana, Valieri, ataviado con un viejo sombrero de vaquero, camina los 10 kilómetros que separan su barco de un locutorio en el barrio portuario de La Isleta. Desde allí llama a su familia y les envía dinero. “Si cree que aquí nuestra vida es miserable, tendría que ver cómo vivimos en nuestro país; en este muelle por lo menos hay luz, trabajo y un techo.

Entre ecos metálicos se escucha una radio con canciones folclóricas rusas. Proviene de uno de los camarotes donde vive Jana, una de las pocas mujeres que optaron por quedarse. Lee emocionada una carta de su familia, felicitándola por su cumpleaños. Hace cinco que no los ve. Entre lágrimas, cocina blinis sobre una estufa improvisada. “¡Claro que no es fácil vivir así! Esto no es una casa ni un apartamento. Pero vivir, se vive. ¡Por suerte nos abandonaron en Las Palmas! ¿Se imagina que esto nos hubiera ocurrido en Guinea Bissau?”.

Jana vive con Serguéi, su novio de Letonia al que conoció en Canarias. Comparten camarote y gastos. Junto a otros marineros componen una hermandad en la que cuidan, vigilan sus pertenencias y consiguen alimento. Durante la semana trabaja de cocinera en un restaurante de la ciudad y limpia casas. Manifiesta su intención de aguantar así un año más. Si no llega la soñada indemnización, se volverá a Crimea, donde le esperan sus dos hijas, su madre y su nieta. De momento, con lo que gana puede ayudar a mantenerlas. “Éste no es lugar para una mujer. Sin embargo, es mejor que quedarse en Ucrania, donde tenemos un sueldo medio de 60 dólares al mes. ¿Se puede vivir con ese dinero?”.

Los camarotes son cajas de metal de seis metros cuadrados; para llegar a ellos hay que bajar hasta las tripas del monstruo flotante por unas escaleras con querencia vertical. Está tan oscuro que los habitantes del barco tienen que hacer uso de la luz de un teléfono móvil para avanzar. La pared del camarote de Jana está cubierta con fotos de su madre, sus hijas y su casa. Cartas, calendarios y relojes de pared comparten un espacio mínimo y marcan el paso del tiempo.

Jana, también de Crimea, añora los buenos tiempos del antiguo régimen de la URSS. Es sorprendente cómo en este foco de calamidades se recuerdan tiempos pasados como infinitamente mejores. “¡Por supuesto que vivíamos mejor! En primer lugar, todos teníamos trabajo, trabajábamos en empresas del Estado. Teníamos estabilidad. Ahora no. Míreme. ¡Tengo que vivir en un barco abandonado en España para poder mantener a mi familia en Ucrania!”.

Unos metros más abajo se afana Volodya, el cocinero del barco. Volodya es delgado y cantarín. Tiene 68 años y destila una elegancia entrañable. Parece no pisar el suelo cuando se mueve por su coto privado, la gran cocina del barco, que mantiene impoluta como una isla virgen en un mar de óxido. Además, su gorro y delantal están recién planchados.

Volodya prueba la sopa y hace un gesto de aprobación. La cena está servida.

Volodya, Valieri y el resto de sus compañeros están una vez más sentados a la mesa del viejo comedor. Repiten por enésima vez su ritual de grupo antes de servirse la comida. Como si se tratara de la primera ocasión, levantan sus vasos mientras brindan por el futuro. “En el barco somos de nuevo una gran familia”, dice Valieri contento.Aquí convivimos personas del Báltico, rusos y ucranios. Vivimos como antes. Comemos del mismo plato, bebemos de los mismos vasos, tomamos los mismos alimentos. Aquí no hay conflictos entre nosotros”.

Ahora, en el muelle Reina Sofía ya no queda tanto que ver. El proceso de desaparición de barcos fantasma parece estar acelerándose. Ya no se acumulan los barcos chatarra amarrados en tres filas; van siendo sustituidos por naves que funcionan.

 

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