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Entre la confraternización y la solidaridad

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La Media Maratón del Camino es una prueba en la que el aspecto competitivo sólo es la disculpa. La carrera no está homologada, y las marcas no suben al ránking. Pese a ello, la prueba cada año recibe más inscripciones, tantas incluso que no todas pueden ser atendidas.

La causa de esa lista de espera no es otra que el objetivo de la organización de mimar a sus atletas. Es la propia organización la que marca sus límites y entiende que una comida más multitudinaria de que ya se ofrece (reúne a cerca de 1.000 personas, entre participantes y acompañantes, que dan buena cuenta de cientos de kilos de patatas con chorizo y dos enormes terneras asadas durante más de doce horas a la brasa). En esa comida se respira la misma camaradería que en el resto de la prueba.

Pero además, la Media Maratón del Camino mantiene vivo otro componente no menos importante. Desde su segunda edición, el aspecto solidario ha estado presente. Hace tres años, la organización entregó una importante suma económica (fruto de los beneficios de la prueba) a James Moiben, para su escuela en Kenya. En las dos últimas ediciones, el destinatario de los ingresos de la carrera es una ONG establecida en Ecuador y que se dedica a ayudar a niños y madres maltratadas. El año pasado recibió 7.500 dólares. Este año, las cuentas están aún por hacer.

 

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