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Mi celda era el desierto

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Pierre Camatte, el rehén francés de Al Qaeda, narra en EL PAÍS sus miedos y las privaciones que sufrió durante tres meses de cautiverio en el norte de Malí. Su relato permite hacerse una idea de cómo sobreviven en la zona los tres españoles secuestrados el pasado noviembre

De día estoy mejor. Las noches son aún difíciles. No es que tenga pesadillas, pero me sobresalto con el menor ruido. Mi sueño es un duermevela porque, muy a pesar mío, me empeño, como hacía en el desierto, en seguir vigilando lo que sucede a mi alrededor. Físicamente no estoy del todo mal, pero psicológicamente me tengo que reconstruir". Pierre Camatte, botánico de 61 años, intenta recuperarse de su largo cautiverio en manos de Al Qaeda en su casa de Anould, en los Vosgos (noreste de Francia), junto con su madre.

Hace menos de dos semanas que fue liberado por la rama magrebí de Al Qaeda que le secuestró en Menaka (noreste de Malí) el 26 de noviembre, tres días antes de que apresara, en la principal carretera de Mauritania, a los cooperantes españoles Alicia Gámez, Roque Pascual y Albert Vilalta.

Hace 48 horas, Camatte mantuvo con este corresponsal una larga conversación telefónica a primera hora de la mañana. Habla por los codos, y con voz firme, y no ahorra invectivas cuando describe a los "fanáticos" que le mantuvieron preso durante casi tres meses. No sufre, desde luego, el síndrome de Estocolmo, esa reacción de complicidad que, a veces, desarrollan los rehenes con sus secuestradores. Su relato ayuda a comprender cómo sobreviven los tres miembros de la ONG Barcelona Acció Solidària.

El propio presidente Nicolas Sarkozy se desplazó unas horas a Bamako, la capital de Malí, para celebrar, el 25 de febrero, la puesta en libertad de Camatte y agradecer de paso a su homólogo maliense, Amadou Toumani Touré, el haber cedido a las presiones de Francia. Tras un simulacro de juicio, Touré excarceló de la prisión de Kati a cuatro presuntos terroristas cuya liberación exigía Al Qaeda a cambio de la vida de su rehén francés.

Camatte se resistió a ser secuestrado en el hotelito de Menaka (30.000 habitantes) en el que se alojaba. "Sí, me resistí, corrí, me atraparon y me dieron una paliza", recuerda. Pidió ayuda a gritos, pero nadie acudió a socorrerle en esa madrugada. "Me rompieron cuatro costillas. Me lo confirmaron los radiólogos durante el chequeo médico al que fui sometido al llegar a Francia: cuatro de mis costillas se habían fracturado pero, afortunadamente, se soldaron solas".

El ex rehén desmiente con vehemencia haber sido capturado por unos delincuentes comunes que después le habrían revendido a Al Qaeda. "Fueron directamente cinco terroristas los que me apresaron", asegura, "pero con cómplices locales en Menaka. ¡Nunca me imaginé que pudiese convertirme en su objetivo! Llevaba quince años pasando largas estancias en la zona sin tener problemas. No creo que fuese imprudente pasar temporadas en Menaka".

Además de estudiar las propiedades de una planta local en la lucha contra el paludismo que asola amplias zonas de Malí, el botánico fomentó el hermanamiento de Gérardmer (9.000 habitantes), en los Vosgos, con Tidarmene (este de Malí). Presidía la asociación que encauza la ayuda de la ciudad francesa a la maliense. Allí trabajaba codo con codo con la que fue durante años su compañera sentimental, Francine Lépage.

"Llegué dolorido, con mis costillas rotas y mis moratones, al primer campamento de los terroristas y nunca logré que me dieran un calmante ni tampoco que me visitara un médico, pese a que me lo prometieron", prosigue Camatte. "Padezco cólicos nefríticos, que se acentuaron en el desierto, y tampoco me administraron nada para aliviar el suplicio".

"Tuve más cólicos que de costumbre porque, al principio, bebía poca agua", recuerda. "Guardan el agua en bidones que contuvieron gasóleo y sabe a eso, a combustible. Era asquerosa, pero no tuve más remedio que forzarme a tragarla. Y casi diría otro tanto de la comida. Era monótona. Consistía en arroz y pasta y, con suerte, cordero. Pero a veces escaseaba todo. Pasé hambre. La higiene era también inexistente. En tres meses no me dieron nada para asearme". Sus familiares en los Vosgos le han encontrado mucho más delgado.

Como todos los cautivos de Al Qaeda, Camatte fue colocado a una treintena de metros del campamento de sus cancerberos, una decena hombres que se turnaban, en el norte de Malí, en pleno desierto. "Allí disponía de una manta y, a veces, de la sombra de un árbol" para resguardarse de un sol abrasador, rememora. La temperatura rebasaba los 50 grados a la sombra. "Era una cárcel sin barrotes. Mi celda era el desierto de arena".

Los primeros tiempos fueron los peores. "Me amenazaban verbalmente, apuntaban sus kalashnikovs (fusiles de asalto) hacía mí", relata Camatte. "Incluso hacían gestos dando a entender que me iban a degollar. El miedo me encogía el estómago". Fue entonces cuando el rehén conoció al argelino Abdelhamid Abu Zeid, de 43 años, el jefe de Al Qaeda en el Sahel, el presunto asesino, en mayo pasado, del rehén británico Edwin Dyer. Fue degollado tras la negativa del primer ministro Gordon Brown de liberar al predicador jornado Abu Qutada encarcelado en el Reino Unido. A las órdenes de Abu Zeid está, entre otros, su compatriota Mokhtar Belmokhtar, el terrorista cuya célula apresó a los tres catalanes el 29 de noviembre.

"Fue Abu Zeid el que me interrogó a través de un intérprete de inglés", precisa Camatte. "Quería saber quién era, qué hacía exactamente en la zona. Es un hombre enclenque, con una larga barba afilada cuya apariencia física no es la de un líder".

En la historia de los secuestros en el Sahel, que empezaron en 2003, Camatte era una excepción. Hasta noviembre, Al Qaeda capturaba a sus rehenes en Argelia, Níger o Mauritania y les trasladaba al norte de Malí, pero nunca había secuestrado en este país. Camatte fue el primero.

Había, aparentemente, una especie de pacto tácito entre los terroristas y las autoridades malienses que se rompió el 10 de junio de 2009. Seis todoterrenos atiborrados con milicianos de Al Qaeda irrumpieron en Tombuctú de madrugada para asesinar en su domicilio al teniente coronel Lamana Ould Bou, el militar maliense que más islamistas había detenido. Entre ellos figuraban los cuatro cuya liberación exigía la organización terrorista a cambio de salvar la vida de Camatte.

Tras aquel atentado, el presidente Touré declaró entonces una "guerra total" a los terroristas. Tomó la atrevida decisión de enviar un convoy de 300 soldados hasta los santuarios de Al Qaeda, cerca de Kidal (11.500 habitantes), la más septentrional de las ciudades malienses. Una treintena de militares perecieron, algunos degollados, a manos de los hombres de Abu Zeid, pero en las filas de los islamistas hubo también decenas de bajas.

Tras la guerra fue necesario negociar para sacar a Camatte, y a los demás rehenes europeos, de las garras de los terroristas. El presidente Touré encargó a Baba Ould Cheikh, un notable árabe maliense, experimentado en negociaciones desde 2003, la ardua tarea de rescatar al francés.

Cuando, a mediados de diciembre, el intermediario árabe logró, por fin, reunirse en pleno desierto con el temible Abu Zeid empezó por comer y tomar el té con él antes de preguntarle: ¿Por qué has secuestrado en el territorio de Malí?

"Tengo que aclarar esta situación", le respondió el jefe terrorista, según contó el mediador árabe a Radio Francia Internacional. "Me había comprometido, ante las poblaciones malienses del Sáhara, a no secuestrar a un infiel, pero esta vez lo he hecho", añadió, "Y lo he hecho porque Malí quiere asociarse con otros para combatirnos".

Aludía probablemente Abu Zeid a la presencia permanente en Gao (norte de Malí) de fuerzas de élite de Estados Unidos que entrenan al Ejército maliense en la lucha antiterrorista. Pero esa ayuda militar se remonta a un lustro y Camatte fue capturado hace tan sólo tres meses.

Después de los interrogatorios de Abu Zeid, empezó la rutina para el cautivo francés "apenas alterada por los traslados de un campamento a otro", cada dos semanas, para evitar ser localizado. Al miedo se añadió entonces el "aburrimiento y la soledad. No había nada que hacer excepto soportar el calor sofocante", recuerda. "A veces me deprimí un poco".

"Para sobreponerme, me acordaba de mi familia, de los que me habían apoyado a lo largo de mi vida", afirma el ex rehén. "Me puse entonces a hablar durante horas con mis familiares como si estuvieran allí, en pleno desierto, a mi lado. Y eso funcionó, me produjo un gran alivio".

¿Coincidió en algún momento con los tres rehenes españoles o con el matrimonio italiano capturado también en Mauritania? "Es una pregunta a la que no puedo contestar", responde tajante Camatte. "Hacerlo podría poner en peligro la seguridad de los que aún permanecen cautivos", subraya.

Con los que sí habló el profesor de botánica fue con sus guardianes "casi siempre en inglés porque muy pocos hablaban francés". "Eran una panda de fanáticos, convencidos de que ostentaban la verdad absoluta, y empeñados en imponer al mundo su versión del Corán", recuerda. "A sus ojos, los musulmanes de mi país, los de Francia, no eran buenos creyentes. Dedicaban mucho rato a salmodiar el Corán que se sabían de memoria. Son gentes harto peligrosas".

Eran también muy jóvenes y de varias nacionalidades de los países colindantes, aunque los responsables son siempre argelinos. "Diría que entre el 70% y el 80% de mis cancerberos tenían alrededor de los 20 años, lo que me parece muy preocupante", advierte Camatte.

Como a todos los demás rehenes occidentales, los barbudos que custodiaban a Camatte se esforzaron por convertirle al islam. "Yo no soy creyente, pero respondía a sus intentos explicándoles que sí creía en algunos valores universales como el amor, la solidaridad y la justicia que coinciden, a veces, con los suyos aunque los llamen de otra manera". El ex rehén no cree que sus palabras hicieran mella en sus guardianes.

Camatte vio por última vez a Abu Zeid el 21 de febrero. Le informó de que malienses y franceses habían "respondido positivamente" al ultimátum de Al Qaeda y que "cuatro personas serían intercambiadas por él". Entonces, le preguntó impaciente, "¿seré liberado mañana?" El jefe terrorista respondió con un "no" escueto. Fue puesto en libertad 48 horas después.

Los terroristas citaron en medio del desierto, indicándole las coordinadas GPS, al mediador árabe al que acompañó esta vez un agente del servicio secreto de Malí. Camatte subió al vehículo que vino a recogerle y sólo, al cabo de 20 minutos de recorrido por las pistas del Sáhara, fue, por fin, consciente de que era un hombre libre. "Entonces me desfondé por completo, algo que nunca me había sucedido durante mis tres meses de detención", reconoce.

La víspera, cuatro miembros de Al Qaeda, condenados tan sólo a nueve meses por tenencia ilícita de armas, habían franqueado la puerta del penal maliense de Kati porque ya habían cumplido su sentencia dictada tras un juicio rápido y a hurtadillas. Dos de los reos eran argelinos, y Argel había solicitado su extradición, otro era mauritano, y Nuakchot también había pedido su repatriación. Su excarcelación incitó a los dos países vecinos de Malí a protestar retirando a sus embajadores.

"Soltar a cuatro islamistas no reviste mucha importancia", sostiene Camatte justificando las presiones de Francia sobre el presidente maliense para que fuese clemente. "¿Para qué hubiese servido mi muerte?", se pregunta antes de contestarse a sí mismo: "Para nada, excepto a demostrar aún más su salvajismo".

Cuando acudió a Bamako a abrazarle tras su liberación, Sarkozy le dio la razón: "Si el presidente [Touré] no hubiese decidido lo que decidió, y eso se lo he dicho a Camatte, él no estaría hoy aquí", declaró Sarkozy. "Nuestra certeza, nuestra convicción es que aquellos que cogieron preso a Camatte tenían la intención de matarle. ¿Qué aportaría la muerte de Camatte a la lucha contra el terrorismo?".

Ahora, el Gobierno de Silvio Berlusconi está sometido al mismo dilema. Para soltar a Sergio Cicala y a su esposa, Philomène Kabourée, originaria de Burkina Fasso, en poder de un lugarteniente de Abu Zeid, Al Qaeda exige la excarcelación de parte de los 67 islamistas de la prisión central de Nuakchot. El presidente mauritano, Mohamed Ould Abdelaziz, no parece, por ahora, dispuesto a ceder.

Mokhtar Belmokhtar, el terrorista en cuyas manos están los españoles, sólo pide, en cambio, un rescate pecuniario de cinco millones de dólares (3,7 millones de euros), por lo que su puesta en libertad es, en teoría, más fácil de conseguir.

El ex cautivo francés quiere elevar el debate. "El problema va más allá de la vida o muerte de un rehén", asegura por teléfono. "Consiste en estudiar cómo organizar la lucha en el Sáhara contra esas bandas armadas. Y la respuesta pasa por dar los medios necesarios a quienes quieren enfrentarse a ellos". El Ejército y las fuerzas de seguridad malienses han recibido estos últimos años ayuda militar y policial de EE UU, Francia, España, Alemania y, desde hace diez meses, de Argelia.

Camatte habla de que quiere "reconstruirse" y tiene la firme intención de seguir apostando por la ayuda al desarrollo. "Tengo que pensar cómo hacerlo, pero no estoy seguro de que regrese algún día a Malí", confiesa. "Desde luego por Menaka -la ciudad en la que fue secuestrado- no creo que me vuelvan a ver nunca".

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