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Las manzanas de sor Marcelina

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La hermana leonesa lleva años tratando de saber cuántas semillas buenas y malas hay en cada usuario del Albergue

POR JAIME PONCELA

Hay una frase popular según la cual «cualquiera puede contar las semillas de una manzana, pero sólo Dios sabe cuántas manzanas hay en una semilla». Sor Marcelina Muñiz lleva años tratando de saber cuántas semillas buenas y malas hay en cada uno de los indigentes, alcohólicos, parados, abandonados o desorientados que pasan por el Albergue Covadonga y a los que ella y sus compañeras atienden en horario continuo, porque la vida y la muerte no descansan. Ellos y ellas, los que llegan al Albergue, son las manzanas que caen del árbol del Estado del bienestar cada vez que la crisis le mete una sacudida. Algunos creen que, haciendo tábula rasa, todos ellos son manzanas podridas, así, sin matices. Pero es probable que los años de experiencia hayan dado a Marcelina, esta monja con carácter de sargento y alma de ángel, un sexto sentido para saber cuántas semillas aprovechables hay dentro de cada uno de esos frutos machacados que piden cama, ropa, comida y asilo. Tal vez la confianza le hizo bajar la guardia el otro día y recibió dos puñaladas que casi le cuestan la vida.

Marcelina Muñiz, leonesa de procedencia, lleva más de una docena de años en Gijón. Pertenece a la orden de Hermanas Terciarias Capuchinas de la Sagrada Familia a quien su fundador, Luis Amigó, encomendó ya a finales del siglo XIX «la atención a los enfermos, la educación a niños y niñas y, especialmente, el cuidado de los huérfanos». Sor Marcelina y sus compañeras con ayuda de los voluntarios se hacen cargo de los huérfanos sociales, de los desheredados de la sociedad del bienestar, de los hijos naturales de un capitalismo en el que los bancos se presentan a sí mismos como ONGs mientras ponen suelo a las hipotecas de los pobres y dejan sin techo a los miserables de la tierra. El Albergue Covadonga es el centro operativo donde un grupo de mujeres cuya edad media ronda con creces los 70 años, recogen las manzanas caídas del árbol, remiendan sus vidas, sus esperanzas y sus pantalones, llenan sus estómagos y tratan de darles alguna razón para no quedarse en la cuneta para los restos. Sor Marcelina, la hermana ecónoma de la comunidad y responsable del ropero del Albergue, lidia con el mundo de la marginación de 6 de la mañana a diez de la noche. Su austeridad personal está tan arraigada que renunció a su parte de la herencia familiar, gasta su magra jubilación en sus obras de caridad personales y llegó a enfermar por su decisión de alimentarse exclusivamente de verduras. Bromea diciendo ser una de las «damnificadas de Panchano». Para aliviar sus problemas de espalda, sor Marcelina ha sido durante años usuaria habitual de esta piscina municipal. Ahora usará la de Moreda, si su recuperación y cuerpo herido se lo permiten.

Un voluntario del Albergue Covadonga, ajeno a los asuntos de Iglesia y más rayano en lo anticlerical que en lo beato si de hacer clasificaciones se trata, habla de sor Marcelina con abierta admiración hacia su talante personal, su dedicación a los pobres, su carácter duro como una espada, unido a una generosidad sin límites hacia sus diarios clientes en la ventanilla de la esperanza, abierta todo el día para entregarles comida, camisas planchadas y dosis de humanidad. A base de años de injertar su propia vida en los troncos torcidos de las vidas de otros, de eso que se llama prójimo, sor Marcelina empezó a entender que en el corazón de cualquiera hay manzanas en las que no todas las semillas están podridas. Tal vez por eso se lo jugó a todo o nada un día más y la respuesta fueron dos puñaladas, dos semillas no controladas en el corazón de una manzana que, seguramente, no eligió estar en el lado oscuro de la vida, en el lugar de la desesperación. Así es la vida y así son sus frutos. Cuando se cure, sor Marcelina seguirá buscando y plantando, con la ayuda de Dios, las semillas más aprovechables para sembrar un mundo que alguna vez dará frutos mejores, sanos y limpios.

 

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