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Mari Fran siempre sonríe

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POR FERNANDO DEL BUSTO

María Francisca Hevia Blanco siempre sonríe. De niña, cuando era muy inquieta y no paraba de jugar y disfrutar con todas las sensaciones; de adolescente, como madre y como esposa, como profesora y como voluntaria de la Asociación de Discapacitados Físicos de Avilés. El hilo de su sonrisa y las carcajadas que, a cada dos frases suelta, cosen sus dos vidas.

La primera de ellas comienza en Avilés, donde nació en 1964 y vivió una infancia y juventud normal, «de la época». A los diez años descubrió que, de mayor, sería maestra. «Una profesora, Sor Juana, me ayudó a creer en mí misma. Me dije que hacían falta profesores así, que motivasen a los niños, y decidí ser profesora. Soy una maestra totalmente vocacional».

Trabajó en una herboristería antes de ser profesora de Religión en Luarca hasta que se incorporó al Colegio Parroquial de San Nicolás de Avilés en Educación Infantil . «Estaba totalmente vinculada al proyecto educativo, era muy rico. Lo compartía al 100%», comenta. En su tiempo libre, Mari Fran, como la llaman los amigos, colaboraba en el Comité de Solidaridad Óscar Romero, «siempre apoyé a Hispanoamérica», comenta.

La primera vida de Mari Fran terminó el 1 de julio de 2008. «Empezábamos las vacaciones. Íbamos a Ibiza, para mí es un lugar muy especial: tenemos playa, monte... El plan era ir desde Avilés a Barcelona en moto por carreteras secundarias para coger el ferry a Ibiza», recuerda.

Pero el viaje se interrumpió en Reinosa. Allí sufrió un accidente que le provocó la rotura de la vértebra D-4. Una lesión muy grave. «No soy tetrapléjica de milagro. Antes pensaba que eras parapléjico o tetrapléjico, pero el mundo de los lesionados medulares es muy complicado. Tengo la movilidad de una parepléjica y puedo mover los brazos, pero el equilibrio de una tetrapléjica», comenta. Durante el traslado al Hospital de Valdecilla, en Santander, intuía el alcance de la situación. Recuerda lo que le comentó a su marido, que en el accidente también resultó herido con una costilla rota. «Le dije: esto debe ser grave, no siento las piernas. Bueno, la vida no se acaba aquí. Podré hacer deporte. Y me vi jugando al baloncesto en silla de ruedas. No sé el motivo, será porque es un deporte que relacionamos con la discapacidad».

En el hospital

A pesar del momento, Mari Fran no dejó de sonreír. Nunca pensó en tirar la toalla. «En la ambulancia, camino del hospital también me acordé de Marga, una amiga que, hacía un año, había muerto, dejando dos hijos de una edad similar a los míos. Sentí su presencia, que me animó a seguir».

Como católica, su fe la ayudó afrontar la situación. «Dios estuvo conmigo desde el principio. Es la base de todo. Sin su ayuda no habría podido seguir adelante. Me ha dado una oportunidad de valorar más la vida y ser más feliz. Todo esto que me ha pasado es tan feo, que si me puedo agarrar a lo bueno es porque de alguna manera tiran de mi».

Y Mari Fran siguió sonriendo. Primero en el Hospital de Valdecilla («nunca olvidaré la humanidad con la que me trataron en la UCI») y después en el Hospital Central Universitario de Asturias. Siguió sonriendo y animando a su familia.

«Llegó un momento en que los médicos que me atendían se empeñaron en que me viese un psiquiatra porque pensaban que no asumía lo que me había pasado. Por suerte, la médica que vino, Maribel, me conocía desde que éramos niñas y les explicó que yo era consciente de lo que me pasaba, que yo era así de vital y que no necesita nada». Y se ríe al recordarlo.

Los meses en el Hospital significaron el nacimiento de una nueva Mari Fran. Con idéntico buen humor y vitalidad, pero con diferente movilidad.

«Me sentí querida. Descubrí el poder de la familia. Sin su amor no hubiese salido adelante; descubrí los amigos, todas la gente que me quería y que valía la pena. Y otros que sólo merecen un rato. Recibí muestras de cariño impresionantes: de mis compañeros del Colegio, de los jefes, de los niños y de sus padres. Creo en los sentimientos positivos: cuando una persona me dice que reza por mí, me ayuda. Lo tomé como una nueva oportunidad: volver a nacer y vivir de nuevo, más cerca de las personas que sufren, valorar lo que significa estar aquí en el Primer Mundo y no en la India, tirada en una esterilla» resume.

Una vida diferente. «Recobré sensaciones perdidas desde que era niña. Tenía menos partes sensibles para disfrutar, así que tenía que aprovechar las que tenía».

Aunque pensaba volver a trabajar, en el Hospital comprendió que no podía. «Los aspectos cotidianos de mi vida son ahora muy complicados y eso dificulta que me pueda entregar a tope en mi trabajo, como me gustaba hacer. Iba a ser una carga». Así que optó por el voluntariado.

Participa en la Asociación de Discapacitados Físicos de Avilés y Comarca (DIFAC), y colaboró con Aspaym; en la parroquia de San Juan de Ávila se suma a un proyecto de apoyo a los inmigrantes, enseñándoles a leer y escribir en español. Y da vueltas a la idea de formar el que sería el primer club de natación para personas con discapacidad de Asturias. «Es más una idea de mis amigos. Soy feliz sabiendo que puedo hacer cosas, aunque no necesito hacerlas», comenta.

Mari Fran sonríe y trabaja por una sociedad diferente, más humana. «Me gusta el trabajo que hacemos en DIFAC para ayudar a los organismos a que vean la realidad cómo es. No hacemos críticas para destruir, sino que comentamos las cosas como las sentimos para que nos comprendan. Me gusta que la gente sepa que puede tirar para adelante. En la vida, te encuentras mucha más gente amable que te ayuda a subir una acera que cretinos que te empujan en una dificultad». Y se ríe.

 

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