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Falso, falso

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JOSEBA RODRÍGUEZ LUZARRAGA

Es ahora, ante la adversidad, como en Haití, cuando el alma se enternece; es ahora, para otros, cuando por fin es hora de lucir palmito, joyas y coches y participar en grandes eventos benéficos ¿Qué hay de verdad en ellos? ¡Poco! Es una pena, y siento quedar de borde, pero es la triste realidad de los eventos que ahora sí encuentran financiación, para regocijo de muchos que medran en las ONG y de tantos que se enriquecen económicamente de esos dineros, que lamentablemente no llegarán una vez más a los necesitados, sino que se quedarán en gastos administrativos, o simplemente en la más sucia corrupción. Y si no lo creen, basta darse una vuelta por todos los lugares donde se han cebado con los sin techo los desastres naturales de los últimos años.

Frente a ellos, sin joyas, coches, ni palmito, grupos de monjas, sacerdotes y voluntarios que han encontrado ese camino detrás de Jesucristo están luchando, sin un duro, o mejor sin un euro, en el frente de batalla, en los lugares de necesidad, en el Congo, en Kenia, en India o Bangladesh, y que quizá alguno piense que lo mejor que les pueda pasar es que un desastre natural tape tanta miseria. Luego con echar la culpa a Dios que permite esto, todos contentos, cuando en realidad hemos sido nosotros los que lo hemos permitido, hora a hora, día a día. Así una amiga y yo mirábamos con estupor cómo una multinacional de la cerveza disponía tan sólo de una fábrica en Madrid, y más de un centenar en África Occidental, y nos preguntábamos si las condiciones de trabajo serían las mismas. Una sonrisa burlona nos invadió, y seguimos a otra cosa

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