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Se disfrazan de ONG

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Durante 2009 se ha ido filmando un documental sobre las autodesignadas Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC). En la película se los ve en la jungla, donde se refugian acosados los insurgentes, y aparecen como apacibles guerrilleros que se dedican a sembrar para comer -jamás coca ni marihuana- en la retaguardia de su presunta lucha por la justicia. Parecen formar parte de la más abnegada de las ONG.

El 14 de noviembre pasado, ese documental, de dos horas, se proyectó en una sala de Buenos Aires, y si la justicia y el buen gusto no lo remedian cabe que se exhiba en Estocolmo, donde siempre han abundado los caracteres tan bien intencionados como mal informados sobre algunos de los desmanes que se cometen en el universo. Y en Colombia, cierto que los ha habido bajo la responsabilidad de las Fuerzas Armadas y sus auxiliares paras, pero eso no hace mejores a las FARC, autores de tanta matanza, secuestro y extorsión.

Si la guerra es la continuación de la política por otros medios, la política es también la continuación de la guerra, aunque en este caso mejor habría que decir del terrorismo. Las FARC, sabedoras de que nunca podrán ganar la guerra al Estado colombiano, tratan de sorprender la buena fe de quien quiera ver en ellas una voluntad social y de progreso. Pero lo terrible no es que lo intenten, sino que se les dé cobijo en espacios legítimos, como una sala cinematográfica. Desde los tiempos del presidente Andrés Pastrana y bajo los dos mandatos ya casi cumplidos de su sucesor, Álvaro Uribe, el espacio internacional de la guerrilla ha ido reduciéndose por la eficaz revelación de quiénes son esos bandoleros, pero la mies es mucha y, por lo visto, los operarios siempre pocos.

Confiemos en que si en España se proyecta infundio semejante sea dentro de un serio contexto informativo, y para mejor conocer a sus cínicos perpetradores. Si sería impensable que se organizara una sesión pública de apología de ETA, igualmente hay que atender a que no se insulte a una nación más que amiga. Ni siquiera la mentira, aunque sea soez y declarada, puede prohibirse, pero tampoco es obligatorio jalearla.

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