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Emaús ayuda a 3.000 personas en situación de exclusión en Gipuzkoa

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diarioVasco

Pocas entidades conocen tan de cerca la cara más despiadada de la crisis como Emaús. La fundación ha caminado emausdesde sus inicios en Gipuzkoa, allá por 1980, de la mano de los más desfavorecidos, cuando todavía la palabra crisis no se conjugaba en primera persona del plural. «En cierta manera siempre hemos vivido en crisis», responde Javier Pradini para explicar que el perfil de pobreza contra el que luchan apenas ha cambiado respecto al colectivo atendido antes del desastre financiero que todo lo ha cambiado. «Las personas que acuden a nuestros programas son personas en situación de grave exclusión, que ya lo estaban cuando se desencadenó la crisis y que ahora, si cabe, lo que tienen son aún menos posibilidades de lograr una vida normalizada. Son los que se quedan siempre en última fila de las ayudas», interviene Nerea Kortajarena, responsable de los programas sociales de la fundación que el año pasado atendió a casi tres mil residentes en el territorio, 800 más que hace dos años gracias al aumento de recursos, la mayoría con plazas residenciales, con los que cuenta la fundación, a través de convenios con la Diputación y ayuntamientos. La crisis, sin embargo, sí se ha manifestado en forma de «dificultades en las líneas de financiación con las instituciones», una pelea que comparten otros colectivos sociales en estos momentos de escasez de fondos públicos.

El trabajo de inserción social es su gran labor 'tapada'. Tradicionalmente asociados a la reutilización de ropa y muebles, mucha gente desconoce, por ejemplo, que Emaús da trabajo a 151 personas (13 más que en 2009), de las cuales la mayoría desempeña alguna actividad en puestos directos de la fundación (tienda, limpieza, costura, reparaciones...) y otras 45 han sido contratadas en empresas de carácter y compromiso social. La fundación mantiene su misión original, la del «continuo contacto con la realidad de la marginación, el desarraigo social, la exclusión o el subdesarrollo» con una característica específica que les hace diferentes al resto de grupos y ONGs de carácter social: luchan por salir de la pobreza reutilizando lo que a otros no sirve.

Una lavadora por 60 euros

Recogen ropa, muebles, libros, televisiones, ordenadores, electrodomésticos, los arreglan y los vuelven a vender a precios muy asequibles, convirtiendo el objetivo de la recuperación en un camino para la inserción social. Una lavadora de segunda mano no cuesta más de 60 euros en sus tiendas, un precio más que atractivo para los bolsillos en crisis que ha hecho que se disparen los posibles compradores. «Es uno de los productos que nos quitan de las manos», confirma Nerea.

Y si la crisis apenas ha retocado el perfil de quienes necesitan la ayuda social de Emaús, sí ha atraído a nuevos clientes que encuentra en la oferta de segunda mano una solución para llegar a fin de mes y no morir en el intento. «Con la crisis nos llegan clientes de todo tipo», asegura Pradini. Trabajadores, desempleados, parejas que necesitan cambiar los muebles de su piso, compradores concienciados con la cultura del aprovechamiento «para evitar despilfarros» y hasta clientes «caprichosos» en busca de alguna rareza de gran valor. En total, 89.400 personas compraron algún producto reutilizado en los puntos de venta de Emaús (el Ekocenter de Belartza y el de Irun, abierto en 2009; y los locales del centro de Donostia, Tolosa y Arrasate).

Prueba de que muchos de los objetos que acaban en la basura pueden tener una segunda vida lo son las cifras de reutilización. Durante 2010 se recogieron 1.813 toneladas de muebles y productos textiles. De la primera fracción se logró recuperar el 75%, mientras que el 33% de la ropa fue puesta en venta, un 4% se recicló y el 63% se consideró aprovechable para otros usos. «Aquí no se tira nada», recalca Pradini durante la visita a las instalaciones del Ekocenter de Irun, en las antiguas instalaciones de Renault, un enorme espacio que empieza a quedarse pequeño por el interés creciente de colaborar en un consumo sostenible.

Los trabajadores se encargan de tirar toda la mercancía que llega en camiones o en los vehículos de los particulares que se plantan a las puertas de las instalaciones para dejar a buen recaudo los muebles que desechan, «aunque todavía hay gente que sigue tirándolos en la calle, junto a los contenedores de basura». Pradini aprovecha para denunciar que «el pretratamiento de voluminosos no está contemplado en el Pigrug (el plan de residuos de Gipuzkoa), por lo que reitera la petición a las instituciones de que se impulse una recogida selectiva de estos residuos, como se hace con los envases y cristales que se reciclan.

Otro de los programas que les ha dado la razón en su empeño de evitar el desperdicio es el que han promovido en colaboración con la Diputación de Gipuzkoa, a través del convenio Etxetek, el servicio foral de apoyo a las personas dependientes. Desde hace dos años se encargan de reparar los materiales cedidos a las personas con problemas de movilidad (sillas de ruedas, camas articuladas...) que permanecían en desuso en los domicilios de usuarios ya fallecidos o que simplemente habían dejado de necesitarlos. «Además de optimizar recursos, hemos logrado emplear a cuatro personas», sintetiza Pradini, a quien le gustaría que ese «chip» de utilizar «con cabeza» los recursos cale definitivamente con o sin la disculpa de la crisis.

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