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La reforma laboral que se plantea, así como el conjunto de medidas que se están adoptando, no van en absoluto en la dirección correcta

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La Hermandad Obrera de Acción Católica (HOAC) cree que la reforma laboral que se plantea, así como el conjunto de medidas que se están adoptando, no van en absoluto en la dirección correcta, sino todo lo contrario.

En lugar de ayudar a caminar hacia la construcción de un nuevo modelo de relaciones económicas y sociales que permita avanzar en justicia, libertad, y en responder a las necesidades de los empobrecidos, lo que se está haciendo es dar una vuelta de tuerca más en la pretensión de subordinarlo todo a las exigencias del mercado, con olvido de los derechos de las personas.

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Lee la Argumentación, y la Valoración Ética:

Argumentación

En el Real Decreto-Ley de Medidas Urgentes para la “Reforma del Mercado del Trabajo” de junio, se argumenta que la reforma laboral es necesaria para salir de la crisis económica. Pero los argumentos que aportan no son ciertos, por más que de tanto oírlos los demos por buenos.

Veamos los argumentos y su falsedad:

1. La repetida afirmación de que esta reforma laboral es necesaria para hacer frente a la crisis y más concretamente para acabar con el paro que ésta ha provocado, es falsa. Porque el desempleo que hoy día se registra en nuestra economía no es el resultado de la legislación laboral, de los costes de despido imperantes (cuando se han perdido casi dos millones de puestos de trabajo sin mayores dificultades por parte de las empresas) o de las rigideces de la negociación colectiva. En un país en que hay más de cuatro millones de parados es difícil sostener con un mínimo de seriedad que despedir es caro y complicado.

Es bastante evidente que se han perdido tantos puestos de trabajo como consecuencia de la crisis financiera que ha provocado la irresponsable actuación de la banca y que ha dejado sin financiación a miles de empresas, del estallido de la burbuja inmobiliaria, de la desconfianza empresarial que todo ello ha originado y, quizá como fenómeno añadido, de un incremento anómalo (aunque no por ello indeseable) de la población activa arrastrado por el propio crecimiento del empleo de años anteriores. Por tanto, para hacer frente a la crisis lo necesario no es la reforma laboral, como se viene diciendo, sino dar soluciones a estos problemas que la originaron en última instancia y de los que apenas se habla, y mucho menos cuando de la banca y del aseguramiento de la financiación se trata.

2. Otra afirmación muy poco consistente es la de que se podrá garantizar, ahora o más tarde, un mayor volumen de empleo o de mejor calidad simplemente actuando sobre el mercado de trabajo. Tesis que se ha demostrado en innumerables ocasiones que es falsa, o cuanto menos insuficiente, porque la creación de empleo no depende simplemente de las condiciones de la oferta y la demanda en el mercado de trabajo sino de lo que pase en el mercado de bienes y servicios. Lo que puede ofrecer una reforma como ésta es lo mismo que produjeron las anteriores, en España y en todos los países en las que se han llevado a cabo: mano de obra más barata y más dócil, puestos de trabajo más precarios y mejores facilidades para obtener beneficios, pero nunca un incremento automático en el nivel de empleo. Lo que crea empleo general es la demanda global del conjunto de la economía y no la demanda de trabajo de cada empresa: por muy barato que sea el despido, o por muy buenas condiciones de negociación que tenga un empresario, o por muy atractivo que sea el modelo de contratación, los empresarios no contratarán si no tienen expectativas de obtener beneficios y eso dependerá principalmente de su volumen de ventas, de las condiciones del mercado y de su estructura general de costes.

3. Es también poco consistente decir que se puede combatir la dualidad en el mercado de trabajo incorporando nuevas formas de contrato y concretamente un tipo único. Porque se soslayan las razones que han dado lugar a esa dualidad y que fundamentalmente tienen que ver con el modelo productivo y de creación de actividad que han impuesto a las demás las grandes empresas con gran poder de mercado, y no con los modelos de contrato: la externalización abusiva, la subcontratación generalizada, la conversión en autónoma de buena parte de la población trabajadora asalariada, el deterioro del empleo generado por las administraciones públicas como consecuencia de la escasez de gasto público para financiar la creación del capital social.

4. También es falso afirmar que se va a crear más empleo o de mejor calidad abaratando el despido o flexibilizando la contratación. Es justamente lo contrario lo que ha ocurrido después de las reformas anteriores. Lo que ha venido después de todas ellas ha sido el aumento de la temporalidad y de la rotación de los contratos (hasta 13 millones en el pasado año) y nunca aumentos en la calidad del empleo o incluso de su volumen con independencia de las condiciones generales de la economía.

5. Y tampoco es cierto decir que el mercado laboral español es rígido, o más que en otros países de la Unión Europea, cuando hemos podido comprobar que las empresas han podido realizar ajustes de todo tipo y recurrir a prácticamente cualquier tipo de contrato en estos años y a despedir sin problema a los trabajadores que no podían asumir cuando la crisis bancaria ha destrozado la actividad económica. Como tampoco lo es que los salarios españoles sean excesivamente altos y limiten nuestra competitividad.

6. El problema del empleo en España no está en el mercado de trabajo, está en el modelo de crecimiento, en el predominio de un tipo de actividad de bajo valor añadido y dependiente, en el tamaño tan reducido de las empresas que han impuesto las grandes, en la escasez de capital social que permita competir por una vía diferente a la de abaratar la mano de obra, en los mercados dominados por pocas manos, en el excesivo poder político de la banca que le permite imponer condiciones favorables a sus beneficios pero letales para la creación de riqueza productiva, entre otros factores. Y el problema radica, sobre todo, en que los grandes capitales obtienen tantos beneficios en las épocas de crecimiento intensivo a base de este modelo que les compensa soportar las fases recesivas sin modificarlo, porque no es sobre ellos sobre quienes recaen sus costes e inconvenientes. Sobre todo, cuando ocurre como ahora, que esas grandes empresas o los bancos que han acumulado cientos de miles de millones de beneficios en los últimos años gracias a este modo de actuar, no tienen dificultades para imponer nuevas medidas que permitan reforzarlo para volver a las andadas.

En resumen, la reforma laboral que la gran patronal y la banca han demandado al gobierno no responde a las causas que han provocado la crisis y el desempleo, no va a lograr crear más puestos de trabajo, no acabará con la dualidad entre empleos indefinidos y temporales, no elevará la productividad ni mejorará la competitividad de nuestras empresas, salvo las de aquellas que sólo la buscan abaratando la mano de obra. Desde hace mucho tiempo sabemos que lo único que busca esa política no es otra cosa que crear mejores condiciones para que los poderosos ganen más dinero todavía.

Bien pronto se ha olvidado (o se quiere ocultar) que en el origen de la crisis económica está la avaricia de los financieros, la desvinculación de la actividad económica especulativa de las necesidades de la economía productiva, la desregulación de los mercados, el debilitamiento de los derechos de las personas y su sometimiento a las exigencias del mercado, la pérdida de la capacidad de decisión de los gobiernos frente a los poderes económicos (con el vaciamiento de contenido de la democracia que ello supone), un modelo de crecimiento económico que produce grandes beneficios para algunos pero que no responde a las necesidades sociales… Parece como si todo esto no hubiera pasado o no hubiera existido nunca.

 

Valoración Ética

Cuando la reforma laboral se plantea en cualquier momento y ocasión y sin tener en cuenta su relación con los problemas que se pretende resolver, es que no tiene nada que ver con la situación económica y sí con otros intereses, que no se confiesan porque son inconfesables.

Hay un proyecto para cambiar el modelo de organización social que va más allá de esta reforma laboral. Básicamente consiste en terminar de meter al mercado hasta en las últimas rendijas de la existencia humana, de la sociedad y de la naturaleza. Para ello, les han quitado a los Gobiernos, con su consentimiento, buena parte de la capacidad que tenían para tomar decisiones sobre la política económica y sobre política fiscal. Les han obligado a mercantilizar la Universidad –no otra cosa es el Plan Bolonia– y a realizar profundas transformaciones en el modelo productivo y en las relaciones laborales, convirtiendo en trabajadores a la mayoría de los empresarios, que siguen enfrentados a los trabajadores sin darse cuenta, ni los unos ni los otros, que tenemos el mismo problema. Esperan que la privatización de los servicios sociales básicos caiga como fruta madura a consecuencia de las políticas de ajuste que están imponiendo. Han creado y difundido un modelo cultural que supone un cambio antropológico sin precedentes, apoyado en la idea de que el ser humano es un ente indefinido sin contenido ni identidad, contenido e identidad que tiene que construirse cada cual a lo largo de su vida, y en eso consiste la libertad. Esta indefinición lo abarca todo: creencias, moral, ética, sexualidad, familia… como si cada persona fuera el primer ser humano que habita el planeta.

En este contexto, la reforma laboral va más allá de las puras relaciones laborales. Se trata de romper el «nosotros», los lazos comunitarios, para que aparezca el individualista consumidor perfecto, obligado y convencido a decidir qué sanidad, pensión, educación y condiciones de trabajo prefiere; qué tipo de vivienda y dónde… todo ello a un precio de mercado que ellos controlan y que alteran según sus ansias de beneficios. El problema es que este espejismo de libertad sólo va a ser posible para unos pocos. Para la mayoría, empresarios y trabajadores, trabajo precario, que deberán defender con uñas y dientes porque «los mercados» tienen nombre y apellidos pero no corazón y pueden atacar en cualquier momento. Y de los pobres, ¿quién habla ya de los pobres con la que está cayendo?

Se dice con mucha frecuencia que hemos de ser realistas, queriendo decir con ello que debemos adaptarnos a lo que hay. Pero la realidad es que por este camino, que es el que se está imponiendo, se está destrozando la vida de las personas, crecen la injusticia y la inhumanidad.

Nosotros creemos que ser realistas es otra cosa: es, teniendo en cuenta las condiciones que existen en la realidad social, buscar construir justicia y humanidad.

 

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Una reflexión de la Hermandad Obrera de Acción Católica (HOAC) en España

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