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Una vida a través de Toñi

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Mari Cruz García tenía diez años cuando nació la mujer que le marcó la vida, su hermana Toñi. En aquellos años, mediados de los sesenta, en España no existía el concepto de discapacidad. Tan precaria era la situación que sus padres, carretero de los de carro y buey y ama de casa que cuidaba del ganado en un pequeño pueblo a cinco kilómetros de Pravia, tardaron seis meses en darse cuenta de que la pequeña tenía síndrome de Down.

Lejos de compadecerse, en la familia de Mari Cruz se inició una lucha encarnizada para conseguir que Toñi tuviera una vida fructífera. Que fuese una más. Con el esfuerzo del padre fuera de casa, encargado de picar en todas las puertas que pudieran abrir un camino a la esperanza para su hija, y el interno de la madre, que dio una estricta educación a Toñi para que fuese lo más independiente posible, consiguieron que a los cinco años ya pudiese acudir a un aula de educación especial en la Colegiata de Pravia.

 

En aquellos tiempos, Mari Cruz ya 'respiraba' el asociacionismo. Su padre había conseguido que un grupo de padres con hijos discapacitados se uniese para poner en marcha el improvisado centro educativo y ella se dedicaba a ir por los pueblos recogiendo a los alumnos en taxi para llevarlos a clase.

Siempre de la mano de su hermana, orgullosa de su carácter y capacidad de aprendizaje, recorrió con ella el camino que la llevó a diferentes centros de educación especial y ocupacionales. Pero Pravia no ofrecía las posibilidades que anhelaban los padres de Toñi para su hija. Así que se desplazaron a Avilés. A pesar de la confianza que tenían en la pequeña de la familia, cuando tuvieron que elegir piso se decantaron por la segunda planta y no la sexta de su nuevo edificio, porque pensaban que Toñi no aprendería nunca a utilizar el ascensor. Lo hizo antes que su madre.

Todos estos recuerdos fueron marcando el carácter de Mari Cruz García, quien todavía no sabía el duro revés que iba a darle la vida. Con Toñi entrenando a diario en las pistas de atletismo de Avilés, compitiendo por toda España, acudiendo a los Juegos Paralímpicos de Atenas, manejándose con soltura por Oviedo, Gijón y Avilés, nuestra protagonista perdió a sus padres. De la noche a la mañana tuvo que desplazarse a Avilés y hacerse con la tutela de Toñi, a la que no quería separar de su entorno y a quien tuvo que proteger para que notase lo menos posible la ausencia de sus progenitores.

La forense que examinó a Toñi para dar la autorización de la tutela confirmó algo que Mari Cruz ya intuía. «No es la persona más lista que he evaluado, pero sí de las más trabajadas. Te han dejado medio problema», le dijo.

Para ella, el cuidado de su hermana nunca lo fue. Ni medio, ni entero. Pero ese examen sí que le sirvió para confirmar, si es que era necesario, la idea de que los discapacitados son muy capaces.

La conversación con la forense sucedió en 1997, el año en que Mari Cruz tuvo que regresar a Avilés después de haberse establecido en Cudillero junto a su marido, donde regentaba un supermercado de su propiedad. Metida ya en la tarea de mimar a su hermana, comenzó a acercarse a todas sus actividades, entre las que estaba acudir todos los días a la Asociación Rey Pelayo, donde formaba parte de un grupo de teatro y practicaba actividades deportivas. Pocos meses después, inspirada en las enseñanzas de su padre, uno de los promotores del Colegio de Educación Especial de San Cristóbal y de la propia asociación, Mari Cruz ya era la tesorera de la entidad. Y, apenas sesenta días más tarde, la presidenta.

No recibió un gran legado. La situación de la asociación no era la más deseada. En aquel momento eran once las personas atendidas y muchos los padres interesados en mejorar las condiciones en las que se prestaban los servicios. Fueron tiempos de escuchar buenas palabras de políticos que rara vez se correspondían con realidades, de picar en muchas puertas para obtener ayudas con vitola de limosna. Pero la lucha, más allá de recaudar para seguir dando el servicio, se centraba en que se reconociese lo que ella siempre ha entendido como un derecho, las prestaciones a las personas con discapacidad.

Y se consiguió. Lo que un político daba no desaparecía cuando llegaba el siguiente; las instituciones reconocían a la asociación como una entidad que ejercía una labor social y como tal era tratada. Y así comenzó a crecer, siempre con una idea entre las cejas de su presidenta: que no perdiese el carácter familiar aunque el servicio fuera de lo más profesionalizado posible.

Como una familia

Uno de los grandes empeños de Mari Cruz García fue el de conseguir que la vivienda tutelada con la que cuenta la institución para dar cobijo a aquellos usuarios que no tienen familia o que tienen parientes que viven lejos fue el de que esa casa fuese propiedad de Rey Pelayo. Se consiguió. Pero, una vez más, Toñi tuvo algo que ver en esto. Con cuarenta años, una discapacidad intelectual y sus padres fallecidos, Mari Cruz no dejaba de preguntarse qué sería de su hermana si no hubiera tenido el apoyo del resto de su familia y, con esa imagen en la cabeza, lideró una campaña interna para lograr el objetivo.

Ahora, esta mujer de 53 años que clama por encontrar a alguien que quiera hacerse cargo de la asociación, vive un poco más tranquila porque ha encontrado un equipo de profesionales liderado por Alejandro Alonso que le permite centrarse más en el aspecto familiar de la asociación. «Lo frío queda para ellos», reconoce. Pero, aunque diga que quiere dejar la presidencia, Mari Cruz sabe que ya no podrá desligarse de una entidad que, junto a Toñi, le da la vida.

El encuentro con LA VOZ llega a su fin. Mari Cruz ha llegado a la cita un poco apurada y se va más relajada a visitar a su nuera, que tiene un comercio unas calles más allá del punto en el que se produce la despedida. Aún le queda una hora larga para charlar con ella porque, a las siete y media, tendrá que ir a recoger a Toñi. «Le tocaba estar con unos amigos». Uno de ellos, un poco especial.

 

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