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Objetivo: la integración social

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lanuevaEspana

19-04-2011treJueves, 14 de abril. Son las diez de la mañana en el Centro de Adultos La Arboleya, de Meres. Comienzan a llegar los usuarios del Centro de Apoyo a la Integración (CAI), cerca de noventa, uno de los tres recursos de los que el centro dispone. Son personas con algún tipo de discapacidad, de edades comprendidas entre los 18 y los 50 años. Una de ellas, Daniel García Barril, saluda a los responsables del centro con entusiasmo. Entra en el taller de cerámica y muestra a los invitados algunas de las piezas y objetos que están preparando en la cooperativa para vender el próximo 10 de mayo en la plaza de Abastos de Pola de Siero. «Mira, mira, puedes comprar, si quieres», dice con simpatía.

Arboleya es uno de los centros que gestiona la Fundación Asturiana de Atención y protección a Presonas con Discapacidades y/o Dependencias (FASAD), dependiente de la Consejería de Bienestar Social. Ubicado en un antiguo colegio religioso, además del CAI, acoge un área de alojamiento con tres unidades residenciales (estancias permanentes, temporales y de fin de semana y de lunes a viernes) y otra de tutelaje. En todas ellas residen alrededor de treinta personas.

El CAI acaba de estrenar director. Diego Menéndez Arias, licenciado en Educación Fisica y maestro, asegura que su relación con la discapacidad es «vocacional». Lleva unos días en el centro y algunos, como el usuario Tomás Terente, ya le abraza en cuanto le ve. «Vengo con muchas ganas y mucha iniciativa, es una gran oportunidad», declara a LA NUEVA ESPAÑA.

Es el tercer director en los últimos cuatro años. La gestión del CAI de La Arboleya no ha sido fácil. El grupo del PP en la Junta General exigió la comparecencia en el Parlamento del gerente de FASAD, Rolando Fernández Iglesias. La oposición le pidió explicaciones sobre algunos asuntos que aún hoy son reivindicaciones de la Asociación de Padres del CAI. Cinco de sus miembros trasladaron sus quejas a LA NUEVA ESPAÑA, la mayoría relacionadas con el funcionamiento de la institución y la escasa interlocución que encuentran en la gerencia y en la antigua dirección.

«La obsesión de la gerencia es la imagen y no potencia los recursos humanos del centro, que eran muchos y buenos», lamentan los padres. «No hay una relación fluida», añaden. Protestan, asimismo, de inversiones «injustificadas y en plena crisis económica», como la reforma de la capilla del centro, transformada en un salón de actos con materiales como mármol de Carrara o los grafitis de las paredes, encargados a una empresa externa. Por el contrario, dicen, se han suprimido talleres y actividades lúdicas, entre ellas la semana de vacaciones en verano. Los usuarios, dicen los padres, «carecen de disciplina, cuando es muy importante para ellos la rutina». Lamentan, asimismo, que hayan desaparecido las actividades que organizaba el centro con los padres.

Beatriz Ordiz Barreiro, letrada de FASAD y responsable del área tutelar; Raúl Casasola, psicólogo y director del área de alojamiento, y José Alberto Castaño Boza, coordinador de Programas, consideran que el germen del conflicto con los padres está en la diferente concepción de lo que hoy debe ser un centro de estas características.

«Antiguamente, los centros de este tipo eran ocupacionales; actualmente a los usuarios se les prepara para la integración social, para el desarrollo de su vida diaria», afirma José Alberto Castaño. Y en este proceso cada uno de ellos cuenta con un plan individualizado en el que la libre elección es la base. «No queremos obligarlos a hacer cosas o actividades que no quieren; son adultos, y hay que respetar sus decisiones», añade Casasola.

Aunque la Fundación, que tiene una antigüedad de trece años, nunca fue privada, se gestionó como si lo fuera. Hace unos meses se reformaron los estatutos y se constituyó un nuevo patronato, integrado en su mayoría por representantes de la Administración pública regional. «Los padres son un apoyo fundamental en el mundo de la discapacidad, aquí siempre tienen las puertas abiertas; pero en un centro con noventa usuarios y sesenta trabajadores tiene que haber una organización y un orden», señala Beatriz Ordiz.

El CAI desarrolla varios programas, unos orientados a la formación profesional y otros ocupacionales. Entre estos últimos destacan los de informática, cerámica, carpintería, textil, pintura, jardinería y audiovisuales. A éstos se añaden otros, más relacionados con la autonomía, la salud y el desarrollo personal. Algunos, como los de cocina, animal de compañía -éste en colaboración con la perra «Delia»-, taichí, fisioterapia, wiiterapia o spinning gozan de gran popularidad pero se organizan espaciados en el tiempo. «Se buscan proyectos innovadores con una justificación pedagógica y que redunden en beneficio del usuario, en algunos como la wiiterapia hemos sido bastante pioneros», señala Castaño.

En lo que respecta a las vacaciones, los responsables del centro indican que las nuevas pautas de integración social aconsejan el desplazamiento de grupos pequeños, nunca numerosos como se venía haciendo. «El verano pasado fueron a León 8 personas con discapacidad con cuatro profesionales, lo ideal ahora es la atención individualizada y que disfruten».

Los padres también se quejan de la convivencia en la cafetería con las personas del área de salud mental, integrada por unas veinte personas, que se ubica en el edificio de al lado. «Los usuarios de salud mental vienen a la cafetería, pero lo hacen acompañados de cuidadores y no crean problemas», responden los responsables.

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