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«Los discapacitados, aún peor»

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Juan Quintana lleva trece meses en el paro , aunque no pierde la esperanza de encontrar un trabajo. Además de estar en esa franja de edad en la que los empresarios se lo piensan más, Juan cuenta con otro handicap, es discapacitado. «Hace seis años me diagnosticaron una cirrosis hepática, lo que me limita más a la hora de buscar trabajo».

Sin formación cualificada, este madrileño afincado en San Sebastián desde hace quince años, lleva desde los 21 pasando de un trabajo a otro, «de bote en bote porque al acabar la mili me pilló la primera crisis, la de mediados de los ochenta, con lo que ya no se estilaba el contrato fijo». Y cuando llegó a Donostia se vio inmerso en la siguiente, con lo que nunca ha disfrutado de un trabajo estable. Su mayor experiencia la adquirió como instalador de líneas eléctricas, pero tuvo que dejarlo tras la cirrosis.

En los últimos años ha trabajado en los talleres protegidos de Gureak y Katea Legaia, pero asegura que en esta última tiene las puertas cerradas porque «hubo una regulación de empleo y nos dijeron que si no cobrábamos el despido nos volverían a llamar cuando hubiera trabajo, a lo que me negué».

Su discapacidad le obliga a pasar revisiones médicas cada tres meses y le limita para determinados trabajos, pero dice que puede realizar otros muchos. Hace tres meses que se le acabó la prestación de desempleo y va tirando con los 380 euros que cobra por incapacidad «y con lo poco que gana mi mujer, porque no tengo derecho a los 420 euros».

Cree que los cursos de formación no son muy eficaces y dice que preferiría trabajar tres meses en una empresa sin cobrar siempre que le formen y le garanticen un empleo.

 

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