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¿Quién teme a la eutanasia?

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elpais

15-05-2011bisLa muerte no suele ser tema de conversación, a pesar de que el hombre conoce que, tan pronto como llega a la vida, tiene ya una edad suficiente para morir. Lo sabían los predicadores del más allá con su predilección plástica o retórica por las calaveras. Memento mori, recuerda que has de morir. En cambio, el retraso de la muerte ha sido un esfuerzo permanente del desarrollo de la humanidad, con avances científicos espectaculares en los últimos cien años. Pero la lucha por la vida -por la salud- tiene sentido mientras sea posible sanar. Es el miedo a sufrimientos insoportables o innecesarios lo que ha impuesto el debate sobre la "eutanasia médica" -como mitigación de los dolores de la muerte-. Tiene siglos de antigüedad, pero nunca había merecido una atención tan apasionada y polémica.

El Gobierno sostiene que la sociedad no está madura para legalizar la eutanasia

"Quienes no están maduros son los políticos", replica el filósofo Pániker

La realidad es que la eutanasia -la esperanza del hombre en tener al final de la vida un buen morir- se va abriendo camino en muchos países porque, pese a las execraciones de los jerarcas del catolicismo, aparece en el imaginario popular en positivo, como una palabra hermosa y sin tacha moral. Lo son casi todas las que llevan el prefijo griego eu, como euforia (bien estar) o eucaristía (buena gracia). Por encima del 60% de los españoles la despenalizaría y el porcentaje se eleva al 62,2% entre los jóvenes. Son datos del Centro de Investigaciones Sociológicas (CIS) y del informe Jóvenes Españoles 2010, de la Fundación Santa María, respectivamente.

"En su cama de enfermo mi padre daba la impresión de que acababa de pelear cien asaltos con Joe Louis", escribió Philip Roth en 1991. Novelistas y poetas deberían contar más en el debate sobre la eutanasia, y no solo los juristas, los obispos o los médicos. Finalmente, el famoso escritor se plantó ante los médicos que atendían la agonía de su padre y le dijo a este, ya inconsciente: "Papá, creo que te tengo que dejar marchar", antes de negarse a que lo tuvieran conectado a un aparato de respiración asistida. Lo cuenta en Mi vida como hijo.

Roth es uno más de los escritores que se han ocupado de la eutanasia, desde Tolstoi a Cesare Pavese, pasando por los existencialistas Jean Paul Sartre y Simone de Beauvoir, y sobre todo Albert Camus. A este debe la literatura la descripción más cruel de un ser humano en el trance de morir: la del niño atendido en La peste por el doctor Rieux.

Otro cantar se ensaya en el campo de la política, donde habita el miedo o la lentitud. Un ejemplo se vivió en Francia en enero pasado, cuando el Senado tumbó a última hora una ley que iba a legalizar la eutanasia, prolongando un debate que nunca ha dejado de enredarse en ese país.

Ahora ocurre en España. Después de largas comisiones de estudio en el Senado o de disputas en el Congreso, el PSOE hizo una solemne promesa en la campaña electoral de 2004: legalizaría la eutanasia si ganaba las elecciones. No ha cumplido. Incluso, hace esfuerzos para que se note su intención de alejarse de esa promesa. El viernes pasado, la ministra de Sanidad, Leire Pajín, presentó un informe al Consejo de Ministros sobre el tema y anunció el nombre del proyecto que ahora empieza su andadura: Ley Reguladora de los Derechos de la Persona ante el Proceso Final de la Vida. Cuando hace medio año lo anunció el vicepresidente primero, Alfredo Pérez Rubalcaba, iba a llamarse "ley de cuidados paliativos y muerte digna. "No es una ley de eutanasia", precisó entonces el número dos y portavoz oficial del Ejecutivo.

En realidad, el Gobierno socialista se conforma con una norma que garantice el cumplimiento de la legislación actual sobre cuidados paliativos, últimas voluntades, autonomía del paciente o de testamento vital, que así se llaman las muchas leyes aprobadas por las Cortes y los Parlamentos autonómicos en la última década.

El PSOE se hacía eco en 2004 de una opinión pública muy favorable a la legalización de la eutanasia. La tendencia al alza no para de moverse. Estudios realizados por la asociación Derecho a Morir Dignamente (DMD) sitúan esos porcentajes en el 77%. Sin embargo, el Gobierno se justifica diciendo que la sociedad aún no está madura para legalizar la eutanasia. "Quienes no están maduros son los políticos", replica uno de los fundadores de DMD, el filósofo y escritor Salvador Pániker.

Pániker lo reitera siempre que se recuerda la muerte del gallego Ramón Sampedro, tetrapléjico tras un accidente y postrado en una cama durante 32 años hasta su muerte en 1998 tras ingerir cianuro diluido en un vaso de agua que le había acercado a su boca una mano amiga. Antes había librado -y perdido- una larga batalla para que los tribunales le concediesen su derecho a la eutanasia.

La historia de Sampedro se cuenta en la película Mar adentro, de Alejandro Amenábar, con Javier Bardem de protagonista. Cuando se presentó en la Navidad de 2004, José Luis Rodríguez Zapatero acudió con seis de sus ministros al estreno con gran estruendo mediático, para subrayar el compromiso de legalizar la eutanasia.

¿Qué ha pasado para un cambio tan radical? La respuesta hay que buscarla en la posición de los obispos, una vez más erigidos en poder fáctico capaz de torcer compromisos electorales solemnes. Pese a todo, la jerarquía católica sigue expresándose con tremendismo. "[El Gobierno] quiere aniquilar a ancianos o enfermos inservibles", ha escrito el semanario Alfa y Omega, propiedad del Arzobispado de Madrid. El pontífice de la archidiócesis que edita ese boletín es el cardenal Antonio María Rouco Varela.

La tesis del episcopado es que la vida es creación exclusiva de Dios y el hombre debe aguantar hasta el fin dispuesto. "Ningún poder puede autorizar, ni menos imponer, la supresión de la vida, sea un embrión, un feto o un enfermo incurable". Pese a todo, la Conferencia Episcopal ha aprobado un llamado testamento vital en el que los enfermos pueden expresar, en un documento de últimas voluntades, su oposición a determinados tratamientos, pese a que su ausencia u omisión supongan el seguro acortamiento de la vida.

Esta modalidad es conocida en la literatura científica como eutanasia pasiva. Denota cómo la Iglesia católica puede acabar cambiando de opinión, aunque tarde a veces siglos. También se opuso al pararrayos cuando lo inventó Benjamin Franklin -argumento: ¿quién es el hombre para desviar el rayo que Dios te envía para castigarte?-; y antes contra el parto sin dolor porque Dios impuso a la mujer la penitencia del "parirás con dolor".

Son legión los teólogos que refutan la posición de la jerarquía romana. "Hay que levantar un puente entre las dos orillas", aconsejan los jesuitas en uno de los editoriales de su revista Razón y Fe. El argumento es que no siempre lo legal y despenalizado tiene que coincidir con la ética cristiana. "No llegamos a encontrar razones definitivas que impidan a una persona, cuya vida en opinión de los médicos no tiene futuro y está expuesta a la amenaza de muy fuertes dolores, acudir a la eutanasia, que debería estar regulada con precisión y rodeada por serias garantías legales", sentencia.

Hans Küng, uno de los grandes teólogos del siglo, sostiene que tras "los argumentos de soberanía [de Dios sobre el hombre] se esconde una imagen distorsionada de Dios, basada en textos unilateralmente seleccionados de la Biblia, interpretados a la letra, es decir, Dios como el creador que dispone del hombre, propietario no sujeto a traba alguna, su absoluto amo, y últimamente también verdugo".

En esta visión vaticana no hay nada del Dios padre de los débiles, dolientes y extraviados, según Küng. A partir de esa descripción, proclama: "Nuestra tarea teológica para con los moribundos no es la espiritualización del sufrimiento, o, peor aún, su aprovechamiento pedagógico, como purgatorio sobre la tierra, sino más bien, siguiendo la huella del Jesús sanador de enfermos, reducir en lo posible y eliminar el sufrimiento, que en ocasiones enseña a los hombres a rezar, pero en otras también a maldecir".

Fue la Ley General de Sanidad de 1986 (conocida como ley Lluch en referencia al ministro Ernest Lluch, asesinado por ETA en 2000), la que reguló primero esta materia, aunque sin rozar el asunto de la eutanasia. Pero proclamaba ya el derecho "a la libre elección entre las opciones que le presente el responsable médico".

Ahí ya está la tesis de que la lucha por la salud arma de coraje al enfermo mientras es posible sanar. Después, la batalla contra la muerte puede convertirse en un martirio insoportable, que admite el derecho de un paciente a decidir sobre los tratamientos que se le ofrecen. La bioética lo expresa de esta sutil manera: nunca es lícito hacer el mal, pero a veces no es lícito hacer el bien. En esa idea anida el derecho del paciente a rechazar un tratamiento, aunque le vaya en ello la vida.

La cuestión es discernir por qué merece un juicio penal y moral diferente la llamada eutanasia pasiva de la eutanasia activa. Küng lo explica así: "El Papa no tiene nada en contra de que en casos en que no queda ninguna esperanza se omitan o interrumpan medidas destinadas a mantener la vida (por ejemplo, un respirador artificial). La pregunta es: ¿por qué ha de merecer un juicio moral diferente la desconexión de un aparato de respiración asistida, con consecuencias mortales (eutanasia pasiva), que la administración de una dosis sobreelevada de opio con consecuencias mortales (eutanasia activa)? ¿Puede una acción ser pasiva? Es algo inescrutable".

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