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Con mocasines y visera en el frente

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13-03-2011treEstos seis hombres podrían haber muerto en las últimas horas. Las tropas del dictador Gadafi han intensificado su asedio con tanques, aviones y helicópteros en puntos estratégicos como Ras Lanuf, donde el frente rebelde calza mocasines, viste sudaderas de algodón y se cubre con viseras. Muchos insurgentes libios combaten en vaqueros y jamás habían disparado un rifle automático ni las arcaicas baterías antiaéreas. Algunos tienen acné; otros, la barba blanca. Son estudiantes, pastores, repartidores, ingenieros, panaderos, jubilados, soldados desertores o militares en la reserva empujados por el hambre y el hartazgo. Proliferan los jóvenes envalentonados que se citan en el centro de Bengasi -capital de la resistencia- y parten a la guerra de paisano, sin que nadie se lo ordene. Cualquier parecido con un ejército es pura ficción.

En la carretera que les conduce a Ras Lanuf, un enclave vital por sus instalaciones petrolíferas, van mutando en personajes sacados de la película Mad Max. Pánico en el asfalto, venganza en el desierto y recompensa en la gasolina. Como en la apocalíptica saga de Mel Gibson, a los insurrectos no les resulta muy complicado conseguir un arma. Ametralladoras instaladas en camionetas, lanzacohetes portátiles, granadas para disparar o hacer malabarismos y muchos Kalashnikov. Nadie saluda. Nadie da órdenes. Cada vehículo es en sí un ejército pequeño.

Hatem Ali Mustafá, de 31 años, partió a la batalla con cinco amigos desarmados, sin teléfono ni dinero. En el frente, le dieron un AK-47 y una chaqueta caqui y azul. «No había organización, cada cual hacía lo que quería. No vi a ningún oficial. Los residentes nos facilitaron comida y agua, pero dormíamos en el suelo», le contaba a la agencia de noticias IPS hace unos días. Esta misma semana ha vuelto a casa con sus Nike y varias heridas en la cabeza y una pierna. Un misil impactó el camión que conducía. Cayeron dos compañeros.

«Niños con ropa nueva»

Frente a unas fuerzas mejor pertrechadas, con mucha más potencia de fuego por el dominio aéreo, los desorganizados milicianos como Mustafá salen en estampida cuando oyen explosiones. Huyen despavoridos. Luego celebran que no han muerto disparando al aire y cantando contra Muamar. Para Ibrahim al Jodeiri «son como niños con ropa nueva en un día de fiesta». Tiene 50 años y es uno de tantos exmilitares, en el puesto fronterizo de Brega, unido a las filas rebeldes desde el estallido de la revuelta en Bengasi el 15 de febrero. «Pero no estamos nada organizados. No hay estrategia. A veces peleamos entre nosotros».

La situación es confusa en las pequeñas ciudades que jalonan esa carretera del infierno que bordea el mar. No hay balance de muertos ni partes de guerra fiables. Pero conforme llegan las noticias del avance del Ejército y el retroceso de los milicianos, el pánico se apodera de Bengasi, Ras Landuf o Bin Yauad, donde posa con su machete ese desafiante guerrillero de la foto de la derecha.

Mustafá Gheriani, uno de los portavoces del Consejo Nacional transitorio libio, asegura que en todas estas localidades hay desplegados cerca de 17.000 insurrectos. Pero desde el jueves están cayendo a cientos. El juego del gato y el ratón del desierto se ha trasladado a las ciudades, con cadáveres entre los escombros y francotiradores apuntando a todo lo que se mueve. La escalada bélica es imparable. Bombardean hospitales y mezquitas. Todo vale. Los cementerios se están llenando de estudiantes que desafían a los blindados de Gadafi sentados en una silla de oficina con un botellín de agua entre las piernas y un fusil de asalto en las manos. Los tanques les tienen sitiados. Un periodista de AFP ha logrado hablar esta semana con un insurgente de la castigada Zauiya.

- ¿Cómo estáis ahí dentro?

- Los carros han entrado y disparan a los habitantes. Rezad por nosotros.

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