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El corazón de la revuelta

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10-02-2011seisLa Plaza Tahrir, el centro neurálgico de la capital egipcia, es uno de esos espacios inabarcables y un poco desasosegantes que suelen generar las grandes ciudades en su crecimiento: vasta, sin forma clara y cercada por el caótico tráfico cairota, sirve como reverso de la plácida serenidad que se puede alcanzar navegando en una falúa por el Nilo. Surgida tras el desmantelamiento de los barracones del ejército británico, la plaza esconde bajo su superficie el hormigueo de una gran estación de metro y está rodeada de edificios relevantes como el Museo de Antigüedades Egipcias, la sede de la Liga Árabe, el hotel Nile Hilton o el horripilante Mugamma, un mamotreto de aire soviético que alberga varios departamentos oficiales. El Mugamma es el símbolo de la burocracia egipcia, y su diseño interior parece estar adaptado al tono kafkiano que acaba adquiriendo cualquier gestión realizada en él: en su historia cultural y literaria de El Cairo, el periodista Andrew Beattie recoge algunas leyendas del inmueble, como los documentos que se fueron amontonando en un patio de luces hasta alcanzar el tercer piso o los supuestos suicidios de ciudadanos que, desesperados por la imposibilidad de completar algún trámite, optaban por arrojarse desde una ventana.

Esa es la Plaza Tahrir en tiempos de paz social. Pero, cada vez que la chispa de la rebelión prende en la población cairota, Tahrir sufre una metamorfosis que la convierte en el corazón de la revuelta. Y comienza una vez más la batalla por ocuparla: los descontentos quieren vocear desde allí las razones de su hartazgo, mientras el Gobierno se esfuerza en clausurarla para mantener una falsa imagen de quietud. Ocurrió en las revueltas del pan de 1977 y en las protestas de 2003 contra la guerra de Irak. Incluso antes, en los albores de la plaza como símbolo del cambio de régimen tras el golpe militar, ya fue escenario de las primeras protestas: el historiador británico Roger Owen recuerda que el propósito de los nuevos gobernantes era celebrar en la plaza un festival anual de la revolución, pero una muchedumbre atacó los coches oficiales en su primera edición y obligó a abortar el plan. «El acceso popular a la plaza se mantenía habitualmente bajo una estricta supervisión, con una rápida aparición de los tanques si había algún signo de un posible disturbio; por ejemplo, un intento de atacar el Hilton, favorecido por Nasser, en un exceso de furia antiamericana», ha escrito Owen en un artículo para el periódico 'Al-Hayat'.

La Plaza Tahrir se ha alzado como emblema de las actuales protestas. Algunos sitúan el detonante de la rebelión en un vídeo que compartió en Facebook la joven Asmaa Mahfouz a mediados de enero, cuando la sociedad se había convertido en una olla a presión, alimentada por las noticias de lo que ocurría en Túnez: «Gente, me voy a la Plaza Tahrir», anunciaba Asmaa en la grabación, «harta de que todo el mundo dijese que había que pasar a la acción pero nadie hiciese nada». El 25 de enero, Día de la Ira, se habló de 15.000 manifestantes en la plaza; el 30 de enero, eran ya 50.000; el 31, se estimó su cantidad en 250.000, y el 1 de febrero Al Yasira difundió la cifra mágica de un millón, muy superior a su aforo. Se incorpora así a la nómina de plazas vinculadas a un lance de la historia, como la china de Tiannanmen, donde el Ejército Popular causó una masacre en 1989 -las estimaciones oscilan entre los 241 muertos de la cifra oficial y los 3.000 de algunas fuentes-; la mexicana de las Tres Culturas, escenario de otro brutal acto de represión en 1968, o la plaza iraní de la Libertad, lugar de las manifestaciones que precedieron a la revolución de 1979.

¿Qué hay de cierto en ese vínculo entre las redes sociales, teórica ágora del siglo XXI, y la revuelta en las calles? ¿Es lo mismo la rebelión de las clases populares que la de figuras como la bloguera Gigi Ibrahim, con estudios en Estados Unidos y un inglés perfecto? Ángel Gordo, profesor del Departamento de Sociología de la Universidad Complutense, considera que las redes sociales y los espacios físicos forman «un cóctel» de proporciones desiguales: «La importancia que se está dando a las redes sociales hay que tomarla de forma cautelosa: los que mueven todo eso son una minoría muy pequeña, un 2 o un 1%, y tienen un perfil muy definido. Las plazas, por su parte, como antaño los lavaderos o los molinos, son los lugares de las revueltas medievales, preindustriales. Podríamos decir que las redes son como los monasterios de antaño, una cosa muy elitista, mientras que la plaza está cercana a la revuelta popular. Por mucha red que haya, si no bajas a la plaza...», reflexiona el experto en cultura digital y movimientos sociales, que alerta contra la «romantización» de las protestas: «Hay intereses a nivel de cosmética internacional en presentarlas como algo pacífico, celebratorio, como una convergencia de todas las clases sociales. Es una imagen saneada, dictada por cierto poder internacional».

Un pueblo maltratado

¿Por qué este peso de las plazas en los estallidos de inconformismo? Por supuesto, está el factor práctico de su capacidad para acoger grandes masas, pero hay algo más: «Las plazas siempre han tenido el papel de escenario de la vida pública -explica Carles Carreras, profesor de Geografía Humana y vicerrector de la Universitat de Barcelona-. Y, según las épocas, los acontecimientos son diferentes. Cuando hay un conflicto civil, la plaza es el lugar donde se encuentran las fuerzas hegemónicas, que tienen el poder, y las fuerzas que aspiran a hacerse con él». En ese momento decisivo, cuando se desata un enfrentamiento antes larvado, no todas las plazas son iguales. «Cada ciudad tiene su plaza simbólica, y aquellas que no la tienen suelen buscarla. Es el espacio público simbólico, donde consigues la visibilidad como si tuvieras el control de todo lo público. También en un centro comercial cabría mucha gente, pero no existe ocupación simbólica más allá de la ceremonia del consumo», reflexiona Carreras, que concluye: «Se podría escribir una Historia de los países a partir de sus grandes plazas».

En El Cairo, estos días, se está redactando un capítulo importante, y estudiosos como Roger Owen ya han propuesto aprovechar el nombre de la plaza -Tahrir significa 'liberación', 'libertad'- para bautizar esta nueva etapa en el sentir del pueblo egipcio: «Muchos momentos revolucionarios tienen nombres oportunos pero a menudo efímeros: el más reciente ha sido la 'rebelión de los jazmines', en gran medida no violenta, en Túnez -ha escrito el profesor de Harvard en Al-Hayat-. Pero, si yo buscase un nombre, querría algo mucho más dramático, algo que diese la idea de un pueblo orgulloso pero maltratado que, habiendo soportado muchas décadas de golpes a su espíritu y a sus personas, ha decidido de pronto luchar en una gran manifestación nacional de dignidad recuperada. 'Tahrir' parece dar justo esa idea».

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