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La guerra económica perdida de Afganistán

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Un banco presta dinero a los miembros del clan del presidente. Con el dinero, esas personas compran acciones del banco. Una vez son dueños de la entidad, ésta les presta dinero para otras operaciones.

Eso es lo que ha llevado a la quiebra al Banco de Kabul, la mayor entidad financiera de Afganistán, según me han contado aquí, como dirían los medios de comunicación estadounidense “fuentes familiares con la situación”. De hecho, el escándalo llega a tal extremo que en Dubai existe una calle conocida popularmente como “calle del Banco de Kabul”, porque las mansiones que los expatriados afganos se han construido allí proceden, en esencial, de esa institución financiera.

Según esas fuentes, la clave del problema es “una concepción patrimonial del Estado”. El Estado es del clan. Y los Karzai,y su tribu, la Popalzai, pertenecen a la élite pashtun que ha creado, primero, y destruido, después, Afganistán. El banco, por tanto, les pertenece.

Súmese a ese desastre los salarios de las ONGs, y de los organismos multilaterales de ayuda, cuyos trabajadores tienen salarios que oscilan entre 250.000 y 500.000 dólares (de 180.000 a 350.000 euros), frecuentemente libres de impuestos (en Haití he oído cifras similares de los empleados de la industria de la solidaridad).

Recientemente, Matt Waldman, de la ONG Oxfam, explicaba la situación en la provincia de Badajsán, en el noreste del país. Badajsán es un territorio salvaje, en cuya economía el cultivo y el contrabando de opio ha jugado un papel central, pero que nunca cayó bajo el control de los talibán, en buena medida porque se encontraba en la retaguardia de las provincias de Panshir y Tajar, en las que Ahmad Shah Masud, con ayuda de Irán y de India, frenó a los talibán que, no lo olvidemos, contaban con el apoyo de nuestros aliados: Pakistán y Arabia Saudí (Jon Lee Anderson publicó hace años en ‘The New Yorker’ que el entonces dictador militar pakistaní, Pervez Musharraf, dio una fiesta cuando Al Qaeda asesinó a Masud… el 9 de septiembre de 2001, apenas 48 horas antes de lanzar su ataque contra EEUU, en un intento de dejar a Washington sin aliados en Afganistán).

En Badajsán viven 830.000 personas, según Waldman. Es un territorio totalmente agrícola, de modo que cabria pensar que el departamento de Agricultura local es extremadamente importante, máxime si se tiene en cuenta que esa provincia es una de las pocas de Afganistán con acceso a un gran río (el Pianj) y a fuentes permanentes de agua, en los glaciares del Pamir.

Bien, todo el presupuesto para agricultura de Badajsán es de 40.000 dólares anuales, o sea, 28.000 euros. Ése es “el salario de unos pocos meses de un consultor extranjero en Kabul”.

En Occidente tendemos a olvidar siempre las mismas cosas de Afganistán. Por ejemplo, que Arabia Saudí creó a los talibán. Que Pakistán los considera como una herramienta de política exterior. Y que Pakistán también piensa que Afganistán es un estado satélite que debe servirle de ‘retaguardia’ en una eventual guerra con India. También olvidamos que en Afganistán no hay una guerra generalizada, sino que todos los talibán son pashtún, un grupo etnolingüístico que está partido en dos entre Pakistán y este país. Donde no hay pashtunes, hay inseguridad, pero no hay guerrillas antioccidentales.

Y, finalmente, olvidamos que, si Afganistán no tiene un Estado capaz de gestionar su economía, nunca va a dejar de ser un ‘Estado fallido’ en proceso de permanente saqueo por todos los grupos de poder del país. Y, con semejantes vecinos, un ‘Estado fallido’ es, siempre, una bomba a punto de estallar. Podremos ganar batallas, pero la guerra va a seguir.

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