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Haití nos sigue necesitando

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¿Quién se acuerda hoy de Haití? Casi nadie. Solamente la gente de Iglesia, alguna ONG seria y responsable, y pare usted de contar. Las cosas son así y no hay que darle más vueltas. Al igual que el triunfo de nuestra selección en el pasado Mundial, de aquí a un par de meses no lo vamos a recordar más que los muy futboleros, ya me dirán de Haití que para más inri fue un desastre y eso siempre incomoda. A más de más que el chip de memoria de los humanos es muy limitado y, por supuesto, no tiene la cobertura suficiente como para mantener vivo el pasado, cualquiera que este sea. Mi padre, sin embargo, ya rozando los cien años, recuerda perfectamente lo que le sucedió cuando era un crío y no recuerda en absoluto lo que ha comido cuando se dispone a descabezar un sueñecillo después del almuerzo. Al parecer, esto les pasa a casi todos los ancianos.

Pero a lo que íbamos. Han pasado seis meses desde lo de Haití, y estoy convencido de que muchos ya no saben si el desastre que asoló al país caribeño fue un tsunami, una inundación, un fuego, un terremoto, o qué. Recordamos vagamente que sufrió una gran tragedia, pero poco más. Bien nos vendrá un pequeño recordatorio.

El 12 de enero pasado un terremoto mató a 250.000 haitianos y dejó en la calle a un millón y medio de personas, en su mayoría niños.

Me ha dado pie para escribir hoy de Haití el hecho de que el jueves pasado me llamó por teléfono una monja que estudió Periodismo conmigo allá por los años sesenta. La verdad es que no me acordaba de ella para nada. Vasca para más señas, y más o menos de mi edad. Esta buena mujer, cuando se enteró que la Conferencia de Religiosos y Religiosas - como ven, una cosa de Iglesia- hacía un llamamiento para echar una mano en Haití, no lo dudó ni un segundo. Allá que se fue, no sola, sino con una docena de hermanas de su Congregación.

Ella, como buena periodista que es, me dice que «después de seis meses del seísmo hay muy poca información de lo que sucede allí, excepto los relatos de los que regresan de su labor humanitaria o de alguna carta de los que siguen allí». Esta religiosa -ha preferido permanecer en el mayor anonimato- ve la situación «como muy preocupante». Y me explica: «El terremoto lo siguen teniendo metido literalmente en la cabeza. El ruido que sintieron el 12 de enero sigue martilleando sus oídos, y no hay quien duerma, sobre todo los chiquillos que siguen superasustados».

Al día de hoy lo más grave y preocupante es que la gente malvive dentro de unas miserables tiendas de campaña que se recalan totalmente. Y las grandes lluvias ya están encima. Por si faltara algo, no pueden ni cocinar, ni tienen con qué. Lo más dramático, en la opinión de esta buena monja, es que la reconstrucción del país ni siquiera ha comenzado y la necesidad de viviendas es acuciante.

Si soy sincero, debo decirles que esta buena religiosa de lo que más me habló -lo que se nota que lleva en la cabeza y en el corazón- es de lo que hacen sus hermanas de Congregación y ella misma con los niños. Ellas viven en una casa que, al estar en una especie de montecillo, apenas se vio afectada por el terremoto. Pues bien, allí atienden a todos los niños y niñas del entorno a los que no sólo dan de comer sino que -¡con qué ilusión me hablaba de ello!- les enseñan a comer, y también a cocinar. El razonamiento no puede ser más de cajón, propio de una mujer con sentido común: «No habrá forma de levantar el país si los chiquillos no están bien alimentados y bien sanos». Y así es, no hay otro camino.

Me he permitido susurrar en la conversación si los nativos se están implicando de verdad o, por el contrario, se limitan a dejarse ayudar. Sé que es una pregunta un tanto envenenada, pero consideré mi obligación el hacerla: ya les he contado más de una vez lo que a mí me han hecho llegar bastantes de nuestros misioneros, al menos en África. Y es que en tanto los nativos se limiten a recibir, a tender la mano, sin comprometerse ellos de verdad, nunca saldrán adelante. Esto lo dicen los misioneros y los dirigentes africanos responsables y se le alcanza a cualquiera.

A mi insinuación responde la religiosa vasca que «los haitianos tienen un gran sentido de su dignidad y también ¿por qué no? su propio orgullo. ¡Claro que quieren trabajar y ser los principales protagonistas en la empresa de romper con su propia miseria! Pero ahora mismo no pueden, no saben. Hay que seguir ayudándoles a salir adelante».

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