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Treinta días de llanto y solidaridad

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2010-02-13_ima1


Padre Ángel

Aunque hoy se cumple un mes del terremoto de Haití, todos seguimos teniendo en la retina las terribles imágenes del desastre que en sólo unas horas movilizó al mundo.

Se movilizaron los Gobiernos, las ONG y los medios de comunicación, pero sobre todo se puso en marcha la solidaridad de las personas.

Gracias a la prensa pude hacer llegar a mucha gente esa atmósfera densa de polvo y olor a muerte que se respiraba en Puerto Príncipe, o hacerles partícipes del dolor que se siente cuando un niño de 4 años, recién rescatado de una montaña de escombros, se te muere en los brazos. Gracias a los periódicos, la televisión o la radio, millones de personas en sus casas han compartido el dolor del pueblo haitiano, y muchos habrán llorado y rezado, por ellos y con ellos, como lo hice yo.

A un mes de la tragedia, no quisiera escribir de los más de 200.000 muertos, 400.000 heridos, de más de 600.000 personas que han perdido su casa, de ni se sabe cuántos miles de niños huérfanos que vagan por las calles, sin rumbo, sin nada, sin nadie. No quiero hablar de muertos, sino hablar de vida: de una vida que se abre paso entre cascotes, de una vida, que gracias a Dios sigue latiendo en una isla que se llama La Española.

Escribo estas líneas para decirles que el pueblo de Haití no ha muerto, que nos necesita, y que es posible, entre todos ayudarles a salir de ese infierno. Escribo para decirles que Haití está siendo ayudado, que va a ser reconstruido y que allí vamos a estar muchos.

Como otras muchas ONG, en estas tres semanas, hemos recibido numerosas donaciones; algunas cuantiosas, de parte de empresas e instituciones, pero también nos han llegado muchas de 10 euros, de 20, algunas de 5. Es muy fácil suponer, sin riesgo a equivocarse, que detrás de esos 5 euros está el subsidio de un parado, la paga semanal de un niño, o la pensión de un anciano. Esos 5 euros son para quien los da, una fortuna, pero también son un tesoro para quien los recibe.

La crisis, el paro, los problemas económicos no han frenado la solidaridad, y el terremoto de Haití nos lo demuestra. A la solidaridad no hay quien la pare.

Antes del terremoto, menos de la mitad de los niños y niñas del país iban a la escuela. Había 350.000 huérfanos, de los que sólo 50.000 estaban acogidos en instituciones. Más de 200.000 niños trabajaban, muchos en situación de explotación. Y lo que es peor: el 85 por ciento de los haitianos sobrevivían con menos de un dólar al día. Eso no es culpa de la naturaleza, ni de Dios, sino fruto de la injusticia de los hombres, de todos. Ahora, con el país destruido, ¿de dónde van a sacar ese mísero dólar? No tienen nada. No tienen a nadie. Solo les quedamos nosotros. A los haitianos sólo les queda la solidaridad.

Es hora de reparar esa injusticia de la que somos cómplices. Ante nosotros esta el primer gran reto del siglo XXI: ayudar a un pueblo y reconstruir un país, Haití.

Mensajeros de la Paz e Infancia sin Fronteras estaban en Haití apenas 40 horas después del terremoto. Hemos enviado toneladas de agua, mantas, medicamentos, médicos con equipos, material quirúrgico, anestesias. Nuestra ayuda ha llegado a donde apenas había llegado nadie, a hospitales donde se operaba con cuchillas de afeitar, porque no tenían ni bisturís. También nos estamos ocupando de los niños, especialmente los niños que están solos, enfermos y, desprotegidos. A través de un hogar de acogida, vamos a atender a más de 1.000 personas en un campo de desplazados. Nuestros cooperantes siguen allí, y yo volveré a viajar allí en un par de días.

Para Haití toda ayuda es poca, pero toda la que se dé, es imprescindible.

Gracias por su ayuda. Gracias por no olvidar a Haití, que lleva un mes llorando y 30 días luchando. Que Dios les bendiga.

Fundador

de Mensajeros

de la Paz

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