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Puerto Príncipe empieza a sonreír

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La ONU toma el control y organiza la distribución de alimentos a través de líderes vecinales y mujeres.- Miles de personas limpian las calles de cascotes

FRANCISCO PEREGIL (Enviado especial) - Puerto Príncipe

En las afueras del estadio de fútbol de Puerto Príncipe a las ocho de la mañana del martes ya había una cola de 300 metros formada sólo por mujeres. Ese mismo día, el Gobierno calculó que la cifra de muertos por el terremoto del 12 de enero no era de 150.000 como había anunciado la semana anterior, sino de 200.000. Y eso sin contar con los que aún yacen bajo los escombros. Pero el olor a muerto queda cada día más lejos y el ambiente era festivo en el estadio. Se siguen viendo muchos turistas humanitarios desorientados por las calles de Puerto Príncipe, de esos que más que ayudar parecen venir a estampar otra catástrofe en su currículum de cooperante internacional. Pero mientras tranquilizan a sus madres diciéndoles que no corren peligro, mientras se hacen fotos desde sus vehículos con el terremoto al fondo, el orden se va imponiendo.

Tras 19 días de ayuda y descoordinación ha tenido que ser la ONU con su Programa Mundial de Alimentos, quien imponga un poco de sensatez. Desde el domingo diseñó 16 puntos de distribución y asignó cada uno de ellos a una ONG de probada trayectoria. Los voluntarios de cada ONG acuden cada tarde a los campamentos que se encuentran a dos kilómetros a la redonda de su punto de distribución, preguntan por los líderes vecinales y empiezan a repartir cupones entre las mujeres. Sólo entre ellas. Al día siguiente, se presentan en el punto las mujeres con su vale. Cada día se visita un barrio distinto y cada día el cupón cambia de color. El camión siempre espera en los mismos 16 puntos. Y la comida va de las manos negras de los voluntarios haitianos de cada ONG a los brazos negros de las haitianas. Los blancos se limitan a coordinar.

"Menos mal que son sólo ellas, las mujeres, quienes recogen los alimentos. Porque la situación es muy tensa y ellas son mucho menos violentas que los hombres", explica Ciril du Pre, miembro de la organización Acted y responsable del reparto en el estadio. Los alambres de espino en la entrada principal, la presencia de una tanqueta blanca de la ONU y los más de 100 cascos azules argentinos y uruguayos que flanquean la cola hacen pensar que en cualquier instante puede armarse la bronca. "Eso nos pasó la semana pasada frente al palacio", explica el teniente Suárez. "La gente, después de esperar horas veía que se agotaban los sacos y empezó a ponerse violentos. Pero lo bueno de este sitio es que la cola está fuera y el camión dentro. La gente no ve cuándo se agota".

Después de repartir más de 1.650 sacos de 25 kilos de arroz con su bandera de Estados Unidos, con los que comerá una familia durante al menos 15 días, el teniente Suárez le plantea un problema a Ciril du Pre:

-Ya no hay más mujeres con cupones y aún nos sobran 100 sacos. ¿Qué hacemos?

-Esperamos cinco minutos más y cerramos.

Los de fuera no ven que quedan 78 sacos por repartir. Y cuando los cascos dicen "Finito, finito, se acabó, c'est fini", aún quedan tres o cuatro mujeres que aparecen con sus cupones rojos. "Pero así es la vida", explica Ciril du Pre. Los sacos sobrantes irán al almacén de la ONU.

El sistema se prolongará durante 15 días y sus efectos ya se dejan ver en las calles. También se ven cada día más haitianos con chalecos amarillos reflectantes, quitando y aplastando escombros. Forman parte de las más de 100.000 personas a las que la ONU paga 180 gurdes al día (unos cinco euros) por trabajar seis horas en la limpieza de la ciudad.

La ayuda va dejándose notar, pero Haití sigue siendo Haití. Por eso, en los barrios más peligrosos como Cité Soleil las autoridades aún no se ha encontrado la forma de hacerles llegar la ayuda. Igualmente, los turistas humanitarios siguen llegando y no dejan de contribuir a la confusión y a los atascos. Algunas grandes ONG no siempre son un ejemplo de eficacia y altruismo. El primer ministro de Haití, Jean Max Bellerrive, se quejaba hoy de que la coordinación ha sido muy difícil porque las ONG se peleaban entre ellas. Dijo que hay "discusiones extremadamente difíciles" entre el Gobierno, los donantes y las citadas organizaciones.

Pero a pesar de todo, entre las ruinas de Puerto Príncipe cada vez se ven más sonrisas.

 

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