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"Es una vergüenza que en el siglo XXI haya gente muriendo de hambre mientras miramos"

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Aureliano García; este misionero quiere dejar un mensaje de gratitud. "Quiero dar las gracias a la sociedad porque trabajamos por la solidaridad de mucha gente y sin medios yo no podría estar haciendo nada.

Y, en particular, a la alavesa porque, por ejemplo, el año pasado a mi colegio llegaron dos autobuses urbanos que me están resolviendo la vida porque en la escuela hay niños de 32 poblados diferentes y a algunos les están ahorrando 20 ó 30 kilómetros al día".

Para él un ejemplo vale más que mil palabras y, por ello, invita a todo el mundo a que acuda a comprobarlo. Ayer conmemoró en Vitoria el aniversario de su ONG.

Han pasado 50 años desde la primera campaña de Manos Unidas. ¿Desmoraliza pensar que las cosas no parecen haber mejorado?

 

La realidad es que África no va mejor ahora que hace 50 años. Y es una realidad triste y sangrante. Una situación que yo diría que es fácil de resolver si alguien tuviera una intención real de poner los medios para que esto no sea así.

¿Qué se debería hacer?

A nivel político, nunca jamás la comunidad internacional ha tenido más posibilidades para acabar con la lacra del hambre que hoy. Y yo creo que es intención política. A nivel social, el sentido de la solidaridad de la sociedad es más alto que nunca. Pero, quizás, es en otro plano donde están las soluciones.

¿La ciudadanía colaboraría más si pasara unos días allí?

Una de las cosas que yo hago y considero parte de mi trabajo es recibir a gente de España. Todo el mundo que quiere venir, lo engancho. Porque estoy convencido de que ver, tocar y oler lo que es África hace que la gente se sensibilice y cambie sus formas de vida. Nosotros tenemos dinero pero ellos tienen muchas cosas positivas que ofrecernos y que no nos vendrían mal en la sociedad en la que vivimos.

¿Se aprende a valorar de nuevo lo que ya se asumía como legítimo?

Hay algo que es difícil de entender para la gente desde aquí. Cuando vengo y me dicen qué valor y sacrificio estar allí, yo siempre digo que no lo vivo desde esta perspectiva. Para mí no supone un sacrificio, sino que, en muchos sentidos, mi calidad de vida en África es mayor que aquí porque existe una forma de entender la vida y unos valores que aquí se han perdido completamente. Para ser feliz no falta tener tantas cosas como tenemos aquí. Una de las imágenes más bonitas de las que tenemos los que vivimos en África es ver gente feliz continuamente. Los que estamos allí tenemos una imagen positiva de las sonrisas y ojos de gente que es feliz, que valora la vida.

El abuso de algunas ONG ha desprestigiado la buena labor de la mayoría. ¿Cómo se supera esto?

Estoy convencido de que la mayoría de las ONG lo hacen muy bien, porque la experiencia que tengo es que realmente lo que se da en solidaridad a organizaciones como Manos Unidas llega y hace que la gente cambie. Hace tres años mi escuela no tenía electricidad, agua, servicios higiénicos... Esto ha cambiado radicalmente gracias a ONG como Manos Unidas que hace que la ayuda llegue. Es una lástima que el que da sólo ve parte del proceso y no tiene la oportunidad de ir y ver con sus ojos lo que se hace y lo que eso es capaz de cambiar la vida de la gente.

Las campañas publicitarias son cada vez más agresivas. ¿Está de acuerdo en que es la forma más eficaz de conseguir implicación?

Me cuesta valorar si es así desde el lugar donde vivo. Pero, personalmente, a mí me molesta una campaña para sacar dinero para África donde salen niños con moscas y malnutridos porque no es ésa la imagen que yo tengo. Me disgusta porque es un lugar donde la gente vive con dignidad a pesar de la pobreza y una miseria muy real. Pero está la otra cara, la que no se muestra, que es la del africano que tiene sentido de la vida, que valora las cosas y que vive con mucha dignidad. A mí me encantaría una campaña más realista, una imagen más cercana a la que yo vivo cada día. No sé si esa promoción agresiva es efectiva a nivel de dinero, pero sí sé que África no es eso.

Usted es joven. Se habla de la falta de implicación de la juventud. ¿Lo ve así?

Nunca se ha implicado más. La gente que colabora conmigo, casi toda es de la década de los 20. Personas que no tiene ningún tipo de problema en dar meses de su vida para que otras personas vivan un poco mejor.

Uno de los compromisos del milenio es erradicar la pobreza. ¿Cómo se hace para solventar un problema que se ha generado con años de malas prácticas?

Ésa es la pregunta del millón. Este año Manos Unidas se centra en ese objetivo. Como ser humano me parece una auténtica majadería que digamos que queremos erradicar el hambre para 2015 porque para mí es más que un problema y hay que solucionarlo ya. Es una auténtica vergüenza, un pecado de la humanidad que en el siglo XXI haya seres humanos que se mueren de hambre mientras los demás nos quedamos mirando. El problema del hambre es que son demasiados los que fallecen, 90 millones más que hace diez años. Es algo increíble.

¿La crisis económica también repercute a la hora de colaborar?

Nosotros, aparte de ONG, también tenemos empresas españolas que tienen proyectos de desarrollo en el Tercer Mundo.

A nivel empresarial sí hemos notado el bajón de entidades que antes subvencionaban proyectos grandes y ya no tienen la posibilidad de hacerlo. La crisis no deja de ser un problema real para el que hay que buscar soluciones, pero el hambre es mucho más que un problema, es una auténtica vergüenza.

¿En qué momento se le ocurre comenzar como misionero?

Soy psicólogo de profesión y en España he trabajado en temas educativos y proyectos de rehabilitación de drogadictos en Valencia. Ahí he vivido experiencias de solidaridad importantes y problemáticas incluso más duras que las que he tenido en África. Luego me pidieron ir a Ghana, acepté y no sólo no me arrepiento sino que espero tener la oportunidad de conocer otras realidades como la asiática o la de países árabes -que es el gran desafío actual-. El sentido de mi vida es intentar dejar tras de mí un mundo un poco mejor, más justo y humano, más parecido al mundo que Dios dejó y que nosotros hemos desastrado un poco.

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