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Niñas del mundo

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Joaquín Pérez Azaústre - AQUÍ estamos en crisis, y sufrimos. Pero, ¿qué es sufrir realmente? Recuerdo a algunos de mis amigos, padres jóvenes, de niñas muchos de ellos: José Luis, Juan, Manuel, Juanma, Gonzalo. Me pregunto cómo encaran el hecho de que en el norte de Pakistán los talibanes hayan bombardeado cuatro escuelas en las que el alumnado estaba compuesto por niñas.

Me pregunto cómo enfrentan la noticia de que en cualquier país con talibanes una niña que aprenda a leer y a escribir pueda ser cosida a latigazos, o abrasada su cara, esa tierna cara de la expresión primera, por el ácido. La globalización también es esto: no poder permanecer aislado de la agonía exterior, porque ya es interior, porque ya forma parte de nosotros, de nuestra información.

La globalización. Unos cuantos listos creyeron que la globalización era Internet, y se lanzaron a escribir libros sobre el tema, que es como tratar de explicar el último prototipo de Fórmula 1 subido al carromato.

 

Otros, aún más listos, pensaron que la globalización eran las hipotecas subprime, y así nos va.

Otro, que de listo tuvo poco y ahora por fortuna se despide, unido a otros de similar talento, decidió que la globalización sólo era bélica, y así acuñaron todos, muy ufanos, un nuevo concepto: el ataque preventivo. También hubo quien pensó que la globalización sería un 68 colectivo, una revolución antisistema nacida de las ubres del sistema. Esto quizá podría haber sido, o lo ha sido en momentos puntuales.

En realidad, todo lo anterior ha sido y es la globalización, o ha podido serlo. Sin embargo, el único elemento blindado de la globalización, el único sin grietas, sin escapes, el que solo se mantiene inexpugnable, irreductible, invencible y voraz, creciente y desatado, potencial y cambiante, es el dolor de los inocentes y el abuso terrible de los fuertes, herederos quizá de un salvajismo de los viejos señores de la tierra, los que no se atenían al Derecho, la justicia mortífera de la lapidación. En la globalización, lo único que hermana, lo único que iguala, es el dolor. Eso, y una gran injusticia en el reparto.

Esto se puede comentar en cualquier parte del mundo como nuestro gran fracaso, que es la herencia cierta del futuro: algún día, tanto abuso tendrá su sombra negra, y tendrá su patíbulo y sus muertos.

Ahora es Pakistán, donde las niñas no pueden estudiar sin el temor a ser asesinadas. El radicalismo islámico va creciendo, y va ganando adeptos entre los que han sufrido los abusos de la pobreza terrible.

Mientras la ONU siga en ninguna parte y continúen muriendo, o siendo torturadas, o violadas, o vendidas como esclavas, tantas niñas en el mundo, ni el dios Obama podrá recuperar el futuro probable. Somos los testigos de una afrenta que sólo hallará eco o solución sobre las heridas venideras.

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