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"Los pobres en India son sofisticados e inteligentes"

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ImageEl escritor indio Aravind Adiga, se encuentra en Barcelona con motivo de la publicación de su primera novela, "Tigre blanco" / EFE / Andreu Dalmau

ENTREVISTA · ARAVIND ADIGA - Escritor, que publica 'Tigre blanco', premio Booker 2008  "De los sirvientes, el chófer es el que tiene contacto directo con los jefes y conoce sus secretos"

Es el chico de moda en la literatura anglosajona.

A sus 34 años, acaba de ganar por sorpresa –las casas de apuestas pagaban su victoria 17 a 1– el premio más prestigioso de la literatura en lengua inglesa, el Man Booker, el mismo que consagró en su día a V.S.Naipaul, William Golding, Salman Rushdie o J.M.Coetzee, entre muchos otros.

Además, el chico lo ha hecho con su primera novela, Tigre Blanco, en la que narra una hilarante ascensión social, la del miserable sirviente Balram, que pasa de chófer de un señor rico a empresario modelo, para lo cual no duda en hacer lo que se tercie, por ejemplo, asesinar a su amo.

Adiga –periodista que dejó su trabajo en medios como la revista Time o Financial Times para escribir la novela– retrata, como sin querer, y con grandes dosis de humor, una sociedad putrefacta en la que los de abajo no tienen derecho ni a médico ni a escuela, y encima son bombardeados con mensajes que les animan a convertirse en emprendedores.

Ante una paella en una terraza, Adiga observa la desierta playa del Bogatell, salpicada únicamente por esporádicos corredores, y comenta: "¿Esto es España? Vaya, me recuerda mucho a Sidney...". Tigre Blanco ha sido publicada por dos sellos también muy jóvenes: Miscelánea en castellano y Amsterdam en catalán.

 

Usted ha dicho que este libro está influenciado por Ralph Ellison, James Baldwin y Richard Wright. ¿En qué sentido? Los leí cuando vivía en Nueva York, fueron gente que escribió en los años 40 y 50 en EE.UU. Les interesaban temas como la raza, la clase, la pobreza. Cuando volví a la India, me di cuenta de que había pobres por todas partes, y esas lecturas revivieron en mí. Fue como si descubriera la clase baja de golpe, porque yo había crecido en una familia de clase media, mi padre era médico, y toda esa gente era invisible para nosotros, como los negros de EE.UU. en aquella época. Los pobres indios están ausentes de la realidad, de las conversaciones, pero también de la literatura y del cine.

Nadie había intentado darles visibilidad, eso me chocó y pensé en aquellos narradores norteamericanos que lo hicieron de manera tan ejemplar, con protagonistas invisibles que luchaban por crearse una nueva identidad en aquel mundo que los desintegraba. Para mí, esos escritores eran un ejemplo. En la India, la clase media leía a Borges, metaliteratura, pero pensé que el humor era una vía para introducirles a estos tipos en su salita de estar y que los vieran de una vez.

Pues ahora, con Obama, el presidente de EE.UU. es negro. ¿Tendremos un presidente indio de casta baja en el futuro? ¡No! En la India estamos peor. La sociedad norteamericana tiene elementos liberales desde 1968, pero nuestra clase media no es tan progresista, no ha evolucionado desde 1950. Las condiciones en que malviven nuestros pobres son horribles.

¿Le ha servido de algo su trabajo como periodista? Me hizo recorrer el país y conocer a mis personajes. Yo nunca había hablado con nadie de clase baja, con un pobre, eso era algo muy mal visto, y encontré multitud de historias que se convirtieron en el germen de la novela. Un material increíble... Con lo que oía en la calle, por supuesto, podría haber hecho realismo mágico, algo más poético, pero eso no es lo mío. Si los niños mueren porque no pueden pagarse un hospital, y la tuberculosis mata cada día a mil personas en India, el realismo no necesita adjetivos.

Unos pobres muy pobres pero que se compran libros tipo Cómo hacerse millonario en tres meses o Monte su propia empresa... Los más espabilados luchan por pasar a engrosar las filas de la clase media, empujados por el discurso oficial acerca de la nueva India como potencia económica mundial. Las autoridades nos bombardean diciendo que en el mundo globalizado la pujanza empresarial de India, gracias a sus miles y miles de empresas subcontratadas por otras de EE.UU. o Gran Bretaña, solucionará todos los problemas. El mensaje –por televisión, Internet, radio y prensa– es: Si usted quiere, puede hacerse rico. No hay más que viajar un poco por India para darse cuenta de lo absurdo de ese discurso, y de todas las situaciones disparatadas que se generan.

¿Quería hacer reir o denunciar? Quería hacer una novela, que es algo mucho más ambiguo que eso. Quería narrar la historia de Balram, que sus puntos de vista fueran provocadores. El humor, para mí, es importante para captar al lector y porque es un elemento clave en el lenguaje oral indio, como lo fue para los negros en EE.UU. La clase pobre india es muy cínica, usa la palabra como arma de ataque. A nivel lingüístico, tenemos unos pobres muy sofisticados e inteligentes y quise capturar ese habla en la novela.

Es un libro que llega a provocar carcajadas. Es divertido porque ustedes, los lectores europeos, creen que exagero las escenas para causar hilaridad. Pero, en cambio, mis lectores indios encuentran esas mismas escenas muy incómodas porque les reflejan una realidad desagradable. Ustedes me ven satírico, hiperbólico, humorístico... pero en India me ven más como un realista social. La descripción de las escuelas o hospitales parecen muy extremas, pero en India son vistas como hiperrealistas.

Aun así, ha tenido un gran éxito en su país... Increíble, los chicos de la calle venden mi libro en copias piratas en los semáforos, envuelto en celofán. Es lo máximo...

El protagonista-narrador le cuenta la historia al primer ministro chino. ¿Por qué? Si usted va a India verá que la gente está obsesionada con China, como hace diez años lo estaban con Europa o EE.UU, con todo ese discurso hegemónico que dice que económicamente China e India van a dominar el siglo XXI. Mi libro es una reflexión sobre esto: la gente mira a China para copiarles. ¿A dónde nos lleva eso? Por otra parte, la naturaleza egomaníaca de mi personaje le hace hablar de tú a tú al líder chino, compararse con Fidel Castro y otros líderes... Es un narcisista extremo.

¿Es verdad que los libros de autoayuda empresarial son los bestsellers de la India? ¡Sí! Todo el sistema anima a convertirse en empresario y te dicen que si no eres millonario es que no te has esforzado lo suficiente. Para los pobres, no es más que una ilusión, algo muy frustrante cuando se dan cuenta de que ellos no pueden llegar ahí, porque no tienen una educación, porque no hablan inglés... Por eso mi personaje está obsesionado con hablarlo.

Usted refleja la decadencia del sistema de castas... Se está transformando en un sistema de clases. Las viejas divisiones se diluyen, se convierten en el origen familiar de alguien pero lo que predomina fuertemente es la división de clases. Mi libro refleja esa evolución: de la casta a la clase.

Por citar sólo una escena: la de los médicos que no van a visitar enfermos a un pequeño pueblo alejado, aunque les corresponde por ley, sino que atienden en hospitales privados de otra ciudad, ya que un funcionario corrupto les firma el certificado como si hubieran ido al pueblo. El resultado: la gente lleva años muriendo de enfermedades banales... ¿Eso pasa? Todos esos casos están extraídos directamente de la realidad. No he añadido nada: esa gente que si tiene que matar, lo hace; todos esos lugares donde nadie paga impuestos... La corrupción está muy extendida y da beneficios a mucha gente.

¿Por qué Balram es un conductor? Es el más sofisticado de los sirvientes, con contacto directo con los jefes, conocimiento de secretos... es el más interesante oficio para una novela.

La India de su novela sufre una dualidad entre lo oscuro y lo claro. Eso es así: la oscuridad y la miseria invaden todos los territorios bañados por el río Ganges, mientras que la gente que vive cerca del mar puede experimentar un cierto progreso. Y los que lo han alcanzado olvidan a los otros.

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