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Alvaro Gil-Robles: "No hagamos de los derechos humanos solamente una poesía"

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ImageEn la Diputación Gil-Robles, antes de su ponencia. Foto:A.J. GONZALEZ 

LUGAR Y FECHA DE NACIMIENTO LISBOA (PORTUGAL), 1944. A LOS POCOS AÑOS SE TRASLADO A MADRID TRAYECTORIA FUE DEFENSOR DEL PUEBLO ESPAÑOL ENTRE LOS AÑOS 1988 Y 1993 Y PRIMER COMISARIO DE LOS DERECHOS HUMANOS DEL CONSEJO DE EUROPA ENTRE 1999 Y 2006.

Sus palabras reivindicaron ayer democracia, valores y derechos humanos durante la apertura de unas jornadas del Defensor de la Ciudadanía en el Palacio de la Merced. Allí mostró su conocimiento y preocupación por la realidad europea.

-¿En qué ha cambiado la sociedad española desde que fue Defensor del Pueblo? -El Defensor del Pueblo nació en un momento singular, en el 78, con la transición, cuando había mucha ilusión por cambiar el país, por abrir las instituciones democráticas a los ciudadanos. Aquello que parecía una experiencia extraña se ha establecido y ya es una institución intregrada. Pero estamos sometidos a muchas tensiones. Desaparecieron los valores colectivos y aparecieron los individuales, el triunfo a cualquier precio. Y se han creado fracturas sociales y económicas, un mundo irreal, una sociedad más injusta. Europa está en un momento de desorientación. Somos más débiles y hay que rearmar a la sociedad en los valores democráticos colectivos para afrontar retos como el terrorismo, los islamismos radicales o los movimientos totalitarios.

-¿Cuáles son hoy los derechos más vulnerables? -Por un lado, los de libertad, que están sufriendo muchísimo por el principio de la seguridad por encima de la libertad. Y hay que tener cuidado con el terrorismo. Nos lanzan mensajes a escala supranacional para aceptar la tortura para obtener informaciones útiles. Y no porque se torture hay garantías de que la información sea veraz. Yo no quiero luchar contra el terrorismo con métodos terroristas. Para eso no he luchado por la libertad y la democracia. Aunque tenga que pagar un precio, prefiero hacerlo antes de caer en la cloaca de esos métodos. También penalizamos conductas en vez de hacer una política preventiva. Por otro lado, está la separación entre sectores acomodados y otros que viven en el límite de la pobreza.

-¿Qué injusticias trae la crisis? -Los que la han provocado con su insensatez son los que han salido mejor parados porque se les ha dado recompensas magníficas para dejar sus trabajos. Mientras, la sociedad paga con medios colectivos la reparación del error de unos cuantos.

-¿Qué atrocidades vivió como comisario europeo? -Muchas, porque me tocaron años muy difíciles. Cuando llegué en el 99 comenzaba la guerra de Chechenia, que fue un espacio de dolor para todos. Viví la crisis de Kosovo, la de Georgia... Lo importante es que no hagamos de los derechos humanos solo una poesía, sino que deben ser una realidad vivida y sentida cada día por los ciudadanos.

-¿Qué derecho es más difícil defender? -No me atrevería a decir uno, pero la vida es un valor indiscutible. Luchar contra la pena de muerte es clave.

-¿Cómo se debe abordar la protección de menores? -La de los menores y la de los mayores, de los que nos olvidamos. Los niños son objeto de explotación. Menores solos en los aeropuertos, separados de sus familias a miles de kilómetros, utilizados para la mendicidad, y eso es duro. Luego hay otros sometidos a la presión mediática, a los que la escuela les transmite valores que las familias no pueden. Y la escuela, además de estudiantes, debe hacer ciudadanos.

-¿Cómo habría que afrontar la inmigración? -Es el fenómeno peor organizado en Europa porque durante la posguerra era necesaria para su desarrollo económico. El problema es cuando ha cambiado de tono y se han empezado a introducir elementos de contradicción entre la población que acoge y la que viene. Las nuevas generaciones tienen más dificultades para encontrar trabajo, para ser aceptadas y surgen conflictos, explotan porque se sienten discriminados aun siendo tan nacionales de derecho como nosotros.

Enfocarla desde el aspecto represivo, expulsando, es poner puertas al campo. Cuando alguien es capaz de jugarse la vida en una patera para buscar trabajo, por mucho que lo devuelvan a su país pensará que el tiempo que pase aquí detenido comerá caliente y eso será mejor que estar en la miseria de su poblado.

Tenemos que atajar las causas, impedir que esa pobre gente emigre de su país. Ahí es donde hay que trabajar, desarrollar económicamente esos supuestos para que la emigración sea normal y no de desesperación. Y no sabemos hacerlo.

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