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Doy para que me des

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Por pablo muñoz

Otra moza que se apunta a sugerir, Marian , de Errenteria; angélica Marian, que quiere saber dónde van a parar las ayudas que desde los países ricos se envían a los pobres cuando son víctimas de catástrofes.

Pues mira, Marian, conociendo el paño ya me parece a mí extraña esa celeridad, esa disposición, que pone a las grandes naciones del mundo en movimiento para ayudar en las grandes catástrofes que, por cierto, casi siempre ocurren en países subdesarrollados.

 

Y, ojo, que este misterioso afán de ayudar no ocurre solamente cuando la naturaleza pone patas arriba esas pobres tierras, sino que los grandes hacen cola para intervenir y participar en el desarrollo de los países a los que el agua del bienestar no les llega ni al cuello ni al tobillo.

Un informe de la ONG Intermón-Oxfam nos da una pista para entender tan presuroso altruismo: "Por cada euro de ayuda que recibe un país, debe devolver dos". Fíjate. Y nosotros con la ilusión de la solidaridad internacional, con la ingenuidad de que todo el mundo es bueno.

Gran parte de la ayuda al desarrollo es a cambio de contratos comerciales favorables, o sea, yo te concedo un crédito para que vayas creando infraestructuras productivas y tú me lo vas devolviendo no solamente euro a euro sino permitiéndome comprar tu producción a un coste más bajo que a los demás países.

O sea, que aquí nadie se afloja el bolsillo a cambio de nada. Queda así aclarado eso, tan demagógico, de que los países ricos son cada vez más ricos, y lo son a costa de los países pobres. Cada vez más pobres, por cierto.

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