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Begoña López: «Me ha tocado cambiar vidas»

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La vitoriana dejó su trabajo de enfermera en Edimburgo para trasladarse a Bali y crear una ONG que fomenta la inserción social de disminuidos físicos y psíquicos GERARDO ELORRIAGA| VITORIA 

ImageNUEVAS VIDAS. Una simple silla de ruedas permite a los impedidos de Bali volver a relacionarse y vivir como personas. / EL CORREO

Cuando Begoña López escucha una conversación en castellano, abandona precipitadamente su oficina y busca a los probables compatriotas que curiosean en la tienda de artesanía adyacente. Y es que no todos los días tiene la oportunidad de hablar con un turista español.

Pocos se alejan de las fantásticas playas, del sol y el agua cristalina de Kuta, y descubren Ubud, en el corazón rural de Bali. «¿La diferencia entre una y otra? Es como ir de Salou a la Rioja alavesa».

Hace nueve años esta vitoriana lo hizo y el interior de la isla la atrapó. Dejó sus estudios y un buen trabajo para proporcionar esperanza a los habitantes menos afortunados del 'paraíso esmeralda'. Todo empezó con unas vacaciones lejos de Edimburgo, donde ejercía como enfermera.

Llegó a aquel extremo de Asia y se enamoró rápidamente de su cultura, tradiciones, música y costumbres. «Yo venía de una ciudad gris, oscura, donde el semblante de la gente es siempre serio, mientras que allí siempre lucen sonrisas», explica. Tras su tercer viaje decidió que quería asentarse en aquel lugar y llevar a cabo un trabajo de voluntariado. Porque ella descubrió el reverso del paraíso.

Le bastó comprobar personalmente la situación misérrima de un colegio para deficientes físicos. «En la cocina no había electricidad ni baldas; vamos, es que ni siquiera contaban con un mínimo suelo».

Pidió un presupuesto y, tras renunciar a su trabajo, recorrió todas las ONG inglesas y españolas solicitando ayuda, pero tan sólo recibió deseos de buena suerte.

Ratas y goteras

El fracaso no la desalentó. «No me lo podía quitar del corazón», recuerda. Así que decidió fundar la asociación Kupu-Kupu, término que quiere decir mariposa en idioma indonesio, y recabar subvenciones según los requerimientos oficiales. «Los funcionarios me miraban y yo sabía lo que pensaban: a esta chica le ha entrado una vena solidaria, le durará un par de años, luego se cansará y a otra cosa». Afortunadamente, el Ayuntamiento de Llodio confió en su perseverancia y le concedió una ayuda, la primera.

Regresó a Bali dispuesta a hacer algo por los desfavorecidos, sobre todo por quienes, debido a graves impedimentos físicos, a los veinte, treinta o cuarenta años no habían tenido aún la oportunidad de encaramarse en una silla de ruedas y salir del encierro doméstico. «Pesaba el componente religioso, hinduista, que cree en la reencarnación y achaca esta situación a las consecuencias de una vida previa».

Recuerda que su madre no comprendía los revolucionarios planes de su hija. «Ni quería enterarse», señala Begoña. «No asumía que me despidiera del empleo y de lo todo lo que se supone que sueñan las madres, trabajar, ahorrar para comprar un piso, casarse y tener hijos, para ir a un sitio que ella no sabía ubicar en el mapa». Pero las ilusiones tienen un precio.

En su caso, se pusieron a prueba en una habitación sin cocina, rodeada de ratas, cucarachas y goteras. «Lo he pasado fatal, comiendo mal, aislada, deprimida», confiesa. Su voz se quiebra y reconoce que ha llorado mucho, sobre todo durante las largas noches de soledad. «Sin embargo, nunca me dije 'mañana me voy' porque, cuando amanecía, siempre encontraba razones para darme ánimos a mí misma». Los motivos tenían que ver con muchachos con graves deficiencias físicas y psíquicas, abandonados a su suerte y sufriendo condiciones higiénicas deplorables.

Alguien le proporcionaba una pista sobre su existencia y ella los buscaba en remotas aldeas, tras interminables viajes en autobús y motocicleta por caminos de barro. Gracias a su apoyo, dejaban de reptar por el suelo y descubrían todo un mundo más allá de las paredes de su casa, además de la posibilidad de estudiar, de aprender a leer y escribir, de comunicarse. «Entonces, te escriben una carta y ves que has cambiado una vida».

Contra los sobornos

Sin embargo, la reacción de la Administración local no fue de eterna gratitud. «En cierta ocasión, compramos juguetes y material didáctico y en la aduana nos pidieron una barbaridad de dinero en concepto de tasas», explica.

Nunca antes había oído hablar de corrupción. «Me costó aceptarlo y aún no lo he hecho; con la mejor sonrisa del mundo, me niego a ceder y soltar dinerico por debajo de la mesa». Tardó seis meses en recuperar los envíos, pero no claudicó. Desde entonces, sabe que los funcionarios están hartos de ella y de su nula disposición a pagar sobornos.

Incluso, un día, el director de Emigración le sugirió, amablemente, que, si no estaba a gusto, tal vez sería mejor que se fuera y que, ejem, una pequeña señal en el pasaporte resulta suficiente para denegarle el visado y cerrarle la frontera . «A menudo, siento que no valoran lo que haces, como si hicieras un negocio y te lucraras con su penuria». En cualquier caso, a Begoña no le gusta hablar sobre sí misma.

Preferiría comentar las ganas de estudiar de Gusti tras permanecer siete años en un lecho o de Nyoman, y la tremenda impresión que le produjo encontrarle tirado en el suelo, maloliente y rodeado de moscas, y cómo reprimió sus lágrimas al ver que se le abría la posibilidad de una nueva existencia gracias al andador que le habían conseguido.

Tampoco quiere explayarse en las razones para empeñarse en esa cruzada contra el sufrimiento ajeno. «Cambiamos vidas», repite. «Esas cosas alguien las tiene que hacer y me ha tocado, aunque no sé quién me ha escogido». Se refiere a conceptos como amor, sacrificio, justicia, a que el mundo está mal, muy mal repartido. «Bueno, no sé hasta qué punto me ha marcado estudiar en un colegio de monjas. Ayudar me satisface, pero ¿hacer de ello el centro de mi vida?». No encuentra la respuesta a su propia pregunta.

Pero, mientras se lo piensa, no ha permanecido de brazos cruzados. Hace cinco años creó un centro que incluye la sede de la ONG, una escuela, el centro de fisioterapia y un taller de reparación de sillas de ruedas, además de habitaciones y autobús. «Es triste que la gente no salga de su casa porque no tiene una silla de ruedas o que muera porque no puede acudir a un hospital», aduce, y explica las razones de asumir el compromiso de cambiar su futuro. «Tengo un alto sentido de la obligación personal y capacidad para conseguir cosas.

Lloro, rabio, me desespero porque soy consciente de lo duro que es luchar contra el sistema, pero, bueno, tiene que haber alguien que luche contra lo que está mal o, al menos, lo intente, ¿no?», dice.

EL CORREO MADRES CORAJE

El País Vasco hace gala de un espíritu solidario excepcional, pero no abundan los individuos que, de la noche a la mañana, deciden sacrificar su vida y emprender un proyecto personal que los va a llevar a territorios lejanos, en ámbitos sociales y culturales muy diferentes a los de procedencia.

Resulta aún más difícil el reto cuando se trata de mujeres que, prácticamente solas, se enfrentan a la miseria, la incomprensión de las autoridades o la ancestral discriminación por cuestión de sexo. Es el caso de la guipuzcoana Miren Aranzazu Eguiguren, 'Mirentxu la maestra', que hace casi cuarenta años cambió su empleo en un estanco donostiarra por un 'ranchito' en Petare, arrabal de la inmensa periferia de Caracas.

Allí ha llevado a cabo una intensa labor como profesora y promotora social. Gracias a su tesón, se ha urdido una red comunitaria local que incluye cooperativas, escuelas y comedores infantiles. Madre de dos niños adoptivos, obtuvo el Premio Cooperante Vasco en su edición del año 2003.

La religiosa agustina Julia Quijano es otro ejemplo de perseverancia. Durante un cuarto de siglo ha permanecido en Guinea Ecuatorial como profesora de Educación Secundaria. Paralelamente, esta donostiarra ha realizado tareas formativas en el interior del país, en plena selva, hablando en los poblados de educación sexual, higiene, sida o promoción de la mujer.

El Gobierno amenazó con deportarla arguyendo que pervertía a la juventud.

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