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Derechos humanos

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(Rosa Regàs) Esta dirección de correo electrónico está protegida contra spambots. Usted necesita tener Javascript activado para poder verla.    El 10 de diciembre se celebró en todo el mundo el Día de los Derechos Humanos. Pero a nosotros, los españoles que todavía discutimos la conveniencia de una asignatura basada en ellos como la de la Ciudadanía, se nos olvida que los derechos humanos defienden las ideas de libertad, igualdad y justicia, que van más allá de cualquier religión o tradición, porque sólo ellos son universales, es decir, aplicables a toda la Humanidad sin distinción de raza, sexo, nivel de riqueza o color de la piel.

Los valores que defienden las religiones, la moral, las tradiciones o la patria pertenecen al ámbito de lo privado o exclusivo de una comunidad o un país, y por lo tanto no son aplicables a todo el género humano. Los derechos humanos son el común denominador exigible a todos los pueblos, individuos y gobiernos, mientras que las creencias, precisamente por no ser universales, se practican en ámbitos más restringidos, definidos por la historia, la tradición, las fronteras, etcétera. De ahí que la escuela que defiende estos valores básicos, con los que han de entenderse los ciudadanos, como ocurre con la asignatura de Ciudadanía, está cumpliendo lo que preconizan los derechos humanos.

 La libertad de las familias y de los individuos se practica al educar a los hijos en sus creencias -siempre que no estén en conflicto con la ley del país en que se vive-, acudiendo a la sinagoga, a la parroquia o a la mezquita. Un cuerpo de declaraciones como son los derechos humanos tiene por objeto recordarnos las injusticias que se dan en el mundo en que vivimos: comerciales, financieras, históricas, individuales, por prepotencia y codicia de los fuertes que someten y esclavizan a los débiles; por falta de libertad y desigualdad debido a cuestiones como la raza, el color de la piel, la pobreza o la religión y otras más aún por sometimiento a tradiciones que atentan contra la persona.

Pero los derechos humanos no son sólo para los gobiernos y las comunidades sino que ofrecen a los individuos, es decir a todos nosotros, una lente con la que, más allá de la religión o la tradición, seamos capaces de recordar siempre que «todos los seres humanos nacen libres e iguales en dignidad y derechos»; de conocer el alcance y los límites de nuestra libertad y, sobre todo, de entender de una vez por todas lo que es moralmente justo y lo que bajo ningún concepto debemos aceptar. Gracias a ellos sabemos que por no aplicarlos ni exigirlos llevamos milenios apartados, no del progreso técnico, sino del progreso moral que apenas ha avanzado desde la época de las cavernas.

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