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Pobreza que mata

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El tifón 'Sidr' siembra de muertos Bangladesh y agudiza su tragedia endémica: la miseria  ZIGOR ALDAMA

ImageDRAMÁTICA ESPERA. Afectadas por el ciclón aguardan la llegada de helicópteros con comida. / AP

Los muertos se amontonan por miles en Bangladesh. Una vez más. Cuando no es un tifón, son las inundaciones las que, año tras año, causan una matanza. Los habituales accidentes de embarcaciones saturadas suman un goteo de víctimas que sólo en los momentos más trágicos saltan a la prensa internacional. Nada más poner los pies sobre el país asiático las razones de este hecho golpean al visitante: penosas infraestructuras, hogares construidos con endebles maderas sobre las orillas de los ríos y extensas llanuras situadas al nivel del mar. En la bahía de Bengala, la desembocadura del río Ganges, sagrado para los hindúes, es un manojo de raíces que tiende a inundarse, arrebatando cientos de vidas. Pero la suma de las catástrofes naturales difícilmente puede compararse a la sangría que provoca la pobreza.

A pesar de contar con más de 130 millones de habitantes, en Bangladesh sólo existen dos ciudades de tamaño considerable: la capital, Dacca, y Chittagong, al este. La primera es una de esas urbes subdesarrolladas en las que la opulencia y la miseria van de la mano. Los hoteles de cinco estrellas en los que reina la exquisitez tienen su recinto vallado para que los niños mendigos no atosiguen a sus clientes, que viven en un perpetuo oasis, sin contacto con la realidad del país. Sin embargo, al contrario de lo que ocurre en Calcuta o Delhi, las diferencias entre poderosos y desfavorecidos no son tan evidentes en las calles como en el desequilibrio entre el reducido número de zonas residenciales, situadas normalmente en las afueras de la capital, y la abundancia de barriadas.

Más de doce millones de personas luchan diariamente sobre el asfalto de Dacca por algo que comer. Frente a lo que ocurre en el campo, en las ciudades la responsabilidad del mantenimiento de la familia recae, sobre todo, en los hombres. No obstante, no es rara la presencia de niños en vertederos, buscando cualquier cosa de algún valor, ni la de mujeres mendigando con los críos más pequeños en su regazo. La pobreza y la dureza del trabajo en las zonas rurales se torna aquí en desesperación urbana, miseria y hambre, y la combinación de todas ellas compone barrocas escenas de pánico, en las que lo que más aterra es la sonrisa amable que se dibuja en el rostro de unos protagonistas cuya mirada neutra refleja la frialdad de quien ha perdido la esperanza. De quien sólo puede luchar ya por la supervivencia física.

Según Jamil Shafi, director de documentales para televisión y gerente de una empresa de exportación de Dacca, «el problema radica en la falta de educación, que impide la aparición de reivindicaciones como las de los países avanzados, y permite un grado de corrupción política extremo», con lo que «las diferencias entre pobres y ricos no hacen más que aumentar», concluye. Lo cierto es que al contrario de lo que se observa en otros países de la región, como Nepal o China, en Bangladesh la educación llega sólo a unos pocos privilegiados -únicamente el 19% de los niños de más de 12 años acude al colegio-. Población analfabeta Shafi tiene una teoría al respecto y es que «el Gobierno se aprovecha de la ignorancia que sufre el país para hacer lo que le da la gana». Y añade que «el día que la población sea consciente de la situación en la que vive, se acabará el 'chollo' de los dirigentes, como está sucediendo en China, donde la corrupción es cada vez menor». Pero desde que Bangladesh se independizó de Pakistán en 1971, las mejoras se han sucedido muy lentamente, y si se observa la situación actual, no parece que se vaya a producir un cambio sustancial como el que se necesita para provocar la renovación política y la transición hacia una democracia real.

Mientras, la mortalidad infantil se dispara, y enfermedades erradicadas en el mundo desarrollado se ceban en la población. Alrededor del 70% de los habitantes de Bangladesh viven con menos de dos euros al día. Sin duda, son objetivo fácil para el 'Sidr'.

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