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Regreso a la austeridad

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ImageLa economía se ha apoyado durante décadas en un consumo siempre al alza -

Algunos abogan por un modelo más responsable aunque frene el crecimiento F. MANETTO / C. PÉREZ

A pesar del miedo cerval que pueda provocar, la etimología de crisis remite, simple y llanamente, a un proceso de cambio. Y eso, poco más o menos, es lo que va a suceder también esta vez. Las turbulencias financieras internacionales han contaminado ya a las grandes economías occidentales, y es cuestión de tiempo que acaben afectando también a los países emergentes. Eso vale también para todo tipo de economías familiares, para todo tipo de bolsillos.

Tras una década de fenomenal crecimiento, llegan las vacas flacas. Hay que apretarse el cinturón. La cuesta de septiembre exige siempre ahorrar más, consumir menos. Esta vez la coyuntura obliga. Pero los excesos suelen provocar reacciones fuertes.

Precisamente ahora, algunos expertos se preguntan si podemos crecer hasta el infinito sin hipotecar las posibilidades de las generaciones futuras.

 

Si no estamos consumiendo demasiado. Si la voracidad del crecimiento no debería dejar paso a un modelo económico menos perverso, más humilde, con menores desequilibrios.

Atendiendo a las grandes cifras de la economía española, parece evidente que el cambio está ahí, obligado por las circunstancias. La crisis ha sido un latigazo tremendo para las ventas del comercio (caen más del 5%), para las ventas de coches (caen más del 40%) y para las de pisos (las preventas se han desplomado a un ritmo casi del 80% tras años de empacho inmobiliario). La amenaza del paro vuelve a planear sobre la economía española, tras unos años en los que parecía que el pleno empleo dejaba de ser una utopía.

Las consecuencias las notan las arcas del Estado (que ha vuelto al temido déficit público tras años de superávit) y los resultados de las empresas (con retrocesos en los beneficios por primera vez en cuatro años). Y lógicamente, la cuenta corriente del consumidor de a pie. En España, en Estados Unidos y en China. De los grandes datos a los más pequeños: según un estudio de la Unión de Consumidores (UCE), las familias españolas gastarán de media entre 223 y 1.640 euros por hijo en la vuelta al colegio.

Una diferencia considerable que depende básicamente de la elección entre un centro público, concertado o privado y de la comunidad autónoma en que se reside. Sin embargo, también hay otros factores. La UCE incluye en su cálculo los libros de texto, los cuadernos, el comedor, el uniforme, el transporte escolar y la matrícula y advierte de que a esos gastos se suelen sumar mochilas, bolígrafos, actividades extraescolares y material de apoyo. ¿Qué hay que hacer, entonces, para no tirar la casa por la ventana?

Los expertos aconsejan por ejemplo aprovechar las becas y ayudas para comprar libros, emplear los manuales utilizados por hermanos mayores, no dejar la compra de todo el material para los últimos días, huir de las marcas anunciadas en televisión (las llamadas marcas blancas reducen hasta un 30% el gasto), evitar los créditos rápidos que, a medio plazo, pueden poner en jaque la economía familiar. ¿Recomendaciones de perogrullo? No tanto, cuando los hábitos de consumo adquiridos en los últimos años en miles de hogares han hecho de las compras una actividad irreflexiva. "Los consumidores estadounidenses no están acostumbrados a las crisis; en especial a las que suponen consumir menos", decía hace un par de meses The Economist ante las más que previsibles consecuencias de las turbulencias financieras.

Tras una década y media de sensacional bonanza, tampoco los españoles tienen la costumbre de levantar el pie del acelerador, en este caso de la tarjeta de crédito. Pero la coyuntura obliga. Y ése justamente es ahora parte del debate económico. Del cambio que se avecina. La cuestión gira en torno a si todavía es posible educar para conseguir un consumo distinto, más reducido y responsable.

En ese caso, ¿estaríamos asistiendo a una vuelta hacia los hábitos más sobrios de antaño? En opinión del economista y antropólogo francés Serge Latouche, defensor de la llamada teoría del decrecimiento, ése sería incluso el escenario más deseable. "El decrecimiento representa una tercera vía, el camino de la sobriedad libremente elegida.

Por esa razón necesitamos inventarnos otra manera de relacionarnos con el mundo, con la naturaleza, los objetos y los seres humanos. Las sociedades que consiguen limitar su capacidad de producción de forma voluntaria son también las sociedades más felices", sostiene. No es tan sencillo, claro. La gran mayoría de los economistas no comparte esa postura, que muchos consideran casi panfletaria.

La reflexión teórica tiene sentido, sin duda, pero en el mundo hay 1.400 millones de pobres que viven con menos de un euro al día. "¿Cómo les decimos a toda esa gente que el mundo debe dejar de crecer, aunque eso suponga eliminar de un plumazo la única posibilidad que tienen de salir de la miseria?", se pregunta el economista José Carlos Díez. "Es evidente que el modelo tiene agujeros enormes donde cabe el exceso, la desigualdad, el enorme riesgo para el medio ambiente...

Pero el capitalismo no ha dejado de ser, a pesar de muchos intentos, el menos malo de los modelos económicos conocidos", afirma. Y pone un ejemplo de los peligros del decrecimiento. "Millones de chinos están pasando de las áreas rurales a la ciudad, y eso no va a cambiar. Pero si China deja de crecer al ritmo que mantiene -en torno al 8%-, Shanghai se convertirá en el próximo México DF". El catedrático de la Universidad Autónoma de Barcelona Josep Oliver abunda en ese argumento. "La reflexión académica tiene sentido, ante el uso abusivo de los recursos naturales, en especial de los energéticos.

¿Pero cómo les dices a los chinos y a los indios que dejen de crecer cuando Europa y EE UU llevan 200 años de crecimiento sin control y sin plantearse hasta prácticamente ayer mismo las gravísimas consecuencias para el medio ambiente? Esa teoría la puede entender la clase acomodada de un país rico, pero no la gente que vive rozando la línea de la pobreza y que tiene legítimas aspiraciones de salir del fango", dice.

El debate sólo tiene sentido asociado a una reflexión sobre la distribución de la riqueza y de la renta. "No se pueden plantear el crecimiento cero o el decrecimiento con los niveles actuales de pobreza. Pero sí se puede discutir la posibilidad de mantener este ritmo de crecimiento sin tanta agresividad", apunta Oliver, que cita varios ejemplos sobre lo que se puede hacer. Un botón: Francia y Alemania han prohibido las bolsas de plástico en los supermercados.

"Tal vez no sea mucho, pero ése es el camino", apostilla. Las leyes del mercado no suelen atender a esa dimensión moral de la economía. Pero los economistas sí han incorporado estos elementos a su analisis. En su último libro -La ciencia humilde. Economía para ciudadanos-, el profesor Alfredo Pastor asegura que no es un drama tener una economía estacionaria.

Muchos otros autores han reflexionado en los últimos años sobre la fascinación por el cuento del crecimiento económico, que no es, ni mucho menos, un debate nuevo: el Club de Roma conmocionó a la opinión pública allá por 1972 con Los límites del crecimiento, una obra que venía a decir que una economía que quiere crecer exponencialmente, nutriéndose de unos recursos finitos, está abocada al colapso, con soluciones como frenar el desarrollismo o el derroche consumista.

Casi cuarenta años más tarde, la vida sigue igual. Pero esta vez la situación económica obliga a modificar algunas cosas. Se trata de un cambio forzado, pero de un cambio al fin y al cabo. Ante la desaceleración de la economía española -y de todas las de su entorno-, es inevitable limitar el consumo personal y familiar.

Algunas de las pruebas más recientes: los españoles han invertido alrededor del 8% menos que el año anterior en sus vacaciones y reducido el gasto en las rebajas en un 15%, según cálculos de la compañía aseguradora Europe Assistance y de la Federación de Usuarios Consumidores Independientes (FUCI). Por dos razones: bien porque no se dispone de suficiente dinero y resulta más complicado pedir créditos, o bien porque las expectativas son peores. Los índices de confianza del consumidor están bajo mínimos.

También el último informe sobre los nuevos modelos de consumo en España del Consejo Económico y Social -órgano consultivo del Gobierno- reconoce que el escenario puede cambiar. "Los acontecimientos de mediados de 2007 en los mercados financieros, como consecuencia de la crisis subprime en EE UU, han determinado un cambio en el sesgo de la política crediticia de las entidades españolas", sostiene el informe. En otras palabras: los bancos conceden menos créditos, y eso restringe el consumo de forma automática, en un final abrupto de lo que durante mucho tiempo se conoció como tirar de la visa.

Las razones son conocidas: tras años con los tipos de interés en mínimos, la escalada del Euribor ahoga financieramente a muchas familias, con las hipotecas por las nubes. La subida de los alimentos, la energía y la gasolina, lo mismo. La solución no es otra que gastar menos. Sobre todo si las perspectivas laborales apuntan a un incremento del paro hasta niveles del 13% en España el próximo año.

El problema, otra vez, son los excesos: los políticos piden a los ciudadanos que consuman para evitar una recesión como la que durante años ha vivido Japón, donde tras la explosión de la burbuja inmobiliaria la gente dejó de comprar y empezó a ahorrar en exceso ante el empeoramiento de las expectativas.

Los problemas de no consumir (o ahorrar demasiado) pueden ser aún más graves que los de consumir en exceso: despidos masivos, cierres de empresas y enormes pérdidas para el sector privado. Aunque tampoco hay que caer en excesos apocalípticos: Japón está en vías de salir de esos problemas y sigue siendo la segunda economía mundial.

Los expertos relativizan esas posibles consecuencias. La realidad, también. Los más agoreros conceden que la economía española se recuperará a mediados de 2009. Pero el cambio de ciclo exige respuestas inmediatas. ¿Existen soluciones a corto plazo para limitar los gastos? Lo más práctico es seguir los consejos de asesores y expertos.

La Organización de Consumidores y Usuarios (OCU) difundió este verano una herramienta tan sencilla como efectiva para calcular qué tarifa eléctrica puede interesar a cada hogar como medida frente al incremento de la factura. "La subida del precio de la luz, junto con otros muchos aumentos de precios de servicios básicos, va a producir una merma importante en la renta disponible de las familias", señala la OCU.

En realidad, para ahorrar bastaría con trasladar una parte del consumo doméstico de energía a la noche.

Además, la OCU recomienda adaptar los hábitos a la crisis, por ejemplo, regulando el termostato del aire acondicionado para que la temperatura no baje de 22 grados, instalar doble acristalamiento y aislar los techos, utilizar bombillas de bajo consumo y apagar los aparatos eléctricos que no se estén utilizando, ya que el stand by consume. Quizás a estas tendencias de menor consumo cada vez más asentadas se deba el éxito, en los últimos años, de iniciativas que intentan sortear con ingenio los gastos cotidianos con trucos y consejos desde un blog o una página web.

Es el caso de Juan Manuel Sánchez, quien, a finales de 2006, lanzó el sitio Sindinero.org. Sánchez empezó invirtiendo algunos meses en "rastrear el ciberespacio en busca de ofertas y recomendaciones prácticas que pudieran ser útiles a todo el mundo". No se trata de encontrar el clásico chollo. Porque uno de los objetivos de este madrileño, que en el pasado trabajó en el sector inmobiliario, consiste en fomentar el mínimo consumo.

Desde una consulta financiera o sanitaria hasta algunas pistas para reparar una cisterna, fabricar una cocina solar o arreglar el cable de una plancha, pasando por ofertas de ocio gratuitas, viajes o trueques, todo, o casi todo, se puede conseguir.

En particular, si cada usuario aporta su granito de arena con un consejo o un truco. Decenas de portales de ayuntamientos, comunidades autónomas y ONG ofrecen también recomendaciones sobre consumo responsable. No hay fórmulas mágicas.

Pero es evidente que los consumidores empiezan a pensar en esas cosas. Tal vez así se consigan responder cabalmente algunas preguntas básicas, en opinión de Latouche, quien a su vez suele citar a Woody Allen: "¿Adónde vamos? ¿De dónde venimos? Pero, sobre todo: ¿Qué hay para cenar hoy?"

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